Días “lavadora”

Imagínate el interior de una lavadora. Deja a un lado el olor, que no viene a cuento. Eres un trapillo más en el cubo metálico y la máquina arranca, casi sin darte cuenta. Así comienzan a funcionar los “días lavadora”, como el de hoy, tan pronto estás arriba como abajo. La ubicación de tus emociones y sensaciones varía en función del tipo de programa que han pensado para ti. Ahora nado en agua, luego en detergente y doy vueltas, y vueltas, y vueltas…

Luego viene el suavizante y parece que te sientes mejor, y más relajada y te expandes y estiras como si ese pequeño cubículo en el que te encuentras metida no tuviera espacio, como si no hubiera oscuridad, como si el ratito de luz que te toca al pasar por el ventanuco fuese lo mejor del mundo. Y así, casi sin pensar, llega el momento de centrifugar y tu vida cambia en un instante por un motivo mínimo, ínfimo, diminuto, pero tan, tan fuerte que te tambalea y exprime hasta secar tu interior y cambiar de rumbo.

Sin embargo, todo tiene principio y fin, eres consciente de que verás el momento de salir de la cubeta, cierras los ojos y esperas a que la puerta se abra. Paciencia, llegará.


¡Por fin! La luz. Creo que voy a tenderme un poquito al sol.

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¿Te cuento un secreto?

¿Te cuento un secreto?

Con el Amor creces.

Está comprobado, el odio, la ausencia de cariño o la falta de aprecio conduce irremediablemente al raquitismo progresivo. Así que, mientras el que ama logra ser amado, recibe cariño a raudales y vuela, el que no lo hace observa la montaña desde la base sin atreverse a ascender. Porque amar, querido amigo, da alas y proporciona vuelo libre sin límites.

Y es así como el Amor se expande y llega aquí o allí, sobrevolando la isla del “Te quiero”, buceando por mares donde las olas son sonrisas y besos y ascendiendo el río de la pasión para llegar al manantial inagotable del sentimiento.

El Amor no se derrama en unidades contables, ni es único. Esta energía tan necesaria para la Vida no tiene un sólo nombre. A ti te quiero y comparto mi vida contigo, a ti porque me besas cada amanecer, a ti porque eres mi hermano, mi hermana, mi amigo, mi amiga, porque me escuchas, porque me comprendes, porque formas parte de mí.

Una cosa más, amar es alegrarse porque la persona a la que quieres es feliz, hacer todo lo posible porque así sea. Se ama sin miedo. En el Amor no hay barreras ni propiedades, hay respeto a la dignidad de cada persona.

De modo que hoy, ama y siente como creces, como asciendes a las nubes, como percibes la belleza el instante, ¡hasta la luna ida y vuelta!

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La Ciudad de las Bibliotecas

Soñar es gratis. De vez en cuando, una lluvia de sueños cae a tu alrededor. Puedes hacer dos cosas: abrir el paraguas o dejarte calar por las idas de olla de unos cuantos y convertirlas en realidad.
Alguien soñó una vez con que en mi isla hubiera teatro por las calles, sólo unos pocos se dejaron empapar por aquel sueño que ahora inunda la ciudad cada mes de agosto. Hubo una vez un grupo de soñadores que dejaron caer su sueño de palabras radiofónicas en un desierto de ondas; los hay quienes soñaron con una plaza teñida de naranja para empezar la fiesta grande al son de una campana y, … ¡vaya! Lo lograron.
Las idas de olla pueden tener fruto con el tiempo … o no. Lo que viene a continuación es un torrente de sueños puedes dejarte empapar por ellos, puedes verlos caer a tu alrededor refugiado en tu paraguas de colores o puedes simplemente sonreír ante este brote de imaginación que creó mi mente en esta mañana de julio.

Pusieron a mi isla en el mapa. Un terrible hecho inició una corriente solidaria de entrega de libros. Abrieron el grifo de las publicaciones y a nosotros nos cayó un mar de letras. Somos, sin duda, afortunados. Así que me dio por soñar. Llenamos la bibliocaseta y aún nos sobran miles y miles de libros que nos han enviado o enviarán. Y pensé …. ¿Por qué no “Una ciudad de las bibliotecas”?
Imaginaos: que nuestra cajita preciosa y llena de palacios y monumentos se convierte en un lugar donde todo el mundo puede venir a depositar y a recoger libros. Que el aguaducho que nadie quiere gestionar en La Florida se convierte en un espacio donde reinan los libros, al lado de un maravilloso parque donde leer.
Que además de una bibliocaseta, el palacio cerrado y sin uso con balcón de Romeo y Julieta, se convierte en un “Bibliopalacio”, que pueda ser visitado repleto de libros.
Que, llegando a un acuerdo con los hosteleros y comerciantes, en todos los establecimientos hubiera un espacio para los libros y tú pudieras pedir “una cerveza y un Hemingway” o “Tenga café y de regalo un libro que puede llevarse o quedarlo aquí para próximos clientes o futuras visitas, como desee”.

¿Crees que nos podríamos poner todos de acuerdo para convertir este precioso lugar en la Ciudad de las Bibliotecas?

Y sigue mi sueño.
En todos los barrios habría una pequeña biblioteca. En los ultramarinos tendrían una estantería donde podrías recoger un libro a la vez que las naranjas. Habría un centro donde se podrían dejar los libros que quisieras, los que te sobran, los que ya has leído, los que ya no sabes dónde meter. En todos los monumentos visitables, encontrarías una pequeña estantería con libros. Y todo ello vendría acompañado por actividades relacionadas con la literatura. Ahora que conocemos a tanta gente y que tanta gente nos conoce, sería fácil que vinieran a presentar su libro o simplemente a hablar de sus publicaciones. Tendríamos una rincón de las letras, donde cada sábado, los autores que quisieran podrían presentar sus obras y habría recitales, lecturas dramatizadas y audiolibros en directo.

Una lluvia de sueños está cayendo a tu alrededor. ¿Te empapas conmigo?

Ilustración: Elsa Suarez Guirard
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Luz en el cruce de caminos


“Empieza con C. Acción solidaria de unos compañeros con otros”

En el cruce de caminos, colapsada y confundida, indecisa, pedía una luz y llegasteis vosotros. Con la claridad que me ofrecisteis, se iluminaron mis fortalezas y, también, mis debilidades. Aprendí que ser mamá es un título imborrable cuando lo recibes, va contigo, forma parte de tu ser, estés donde estés; que la tendencia a proteger y a cuidar que tienes cuando eres madre se encuentra siempre que es necesaria, te sale de dentro. Comprendí que el llorar y el reír forman parte de nuestra existencia y que la vergüenza se echa a un lado cuando llegan las emociones. Conviviendo con vosotros, volví a darme cuenta de lo imprescindible de la escucha, de la conversación, de la comunicación. El transcurso de los días sin principio ni fin puso en evidencia el requerimiento de la alerta, de la sinceridad abierta y a flor de piel, de la verdad en sobredosis que hace hervir mi hipersensibilidad.

Fuisteis Luz en mi cruce de caminos y sólo puedo estar agradecida. Me enseñasteis a valorar el tiempo recorrido, la ruta construida, la trayectoria de vida de la que debemos estar orgullosos porque es nuestra, basada en nuestras decisiones, vivida intensamente, a golpe de corazón. Por todo ello, os doy las Gracias, por ser estrellas con luz propia, por ayudarme a crecer, a ser.

Gracias por unos días irrepetibles que no olvidaré jamás, suerte en vuestro camino y no olvidéis poneros en las botas de los demás antes de hablar y actuar, seguid siempre a vuestro corazón y quedaros con lo bueno, guardado en el bolsillo para cuando haga falta. ¡Qué todos vuestros sueños se cumplan!


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Sobre el Amor

Como si el mundo fuera una hoja de papel pautado, muchos se empeñan en escribir como si se pudiera encuadrar todo lo que ocurre. Como si la letra pudiese ser siempre de la misma forma, color o tamaño. No entienden que todo varía, que todo cambia y que no siempre se puede nominar o definir lo que pasa, lo que nos pasa.

Se empeñan en poner nombre a todo, a encuadrar las ideas, poner marco a los pensamientos y lo que es aún más difícil, marcar el redil de los sentimientos ¡tarea imposible! El empeño les lleva a guardar en pequeñas o grandes cajas todo lo que pasa por nuestro ser, a clasificar (-te), a colocar (-te) en estanterías. Ponen nombre a todo. Y el no hacerlo, les incomoda.

Con el Amor, ocurre lo mismo. Tratan de encuadrarlo, de llamarlo de tal o de cual manera. ¿Cómo se puede llamar? ¿Qué nombre poner?

Cuando se trata de amar, todos los nombres sobran.

El Amor no se llama, se hace, se demuestra, se practica, surge, crece, vive.

El Amor viene, llega, se instala, es motivo de lágrima y también de alegría.

El Amor no es único. Hay tantos tipos de Amor como personas a las que amas y cada uno es diferente porque cada persona es diferente.

El Amor une. Y al unirnos siempre comienza algo especial, original, inédito, sin nombre, difícil de encuadrar.

Las personas que conforman mi alma saben que las amo sin calificaciones, ni estanterías, ni precios, ni nombres, ni listas, …

Sé que me quieres de forma única, especial, propia, distinta, irrepetible.
¿Lo sientes? Te amo.

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Tu historia es un milagro

En las últimas semanas he comprobado como historias particulares pueden convertirse en enormes ejemplos de vida si son contadas. Una película, un programa de radio, un libro,…, basado en una vida real nos llevan a pensar que todo puede ser posible. En mi opinión, el mundo está lleno de héroes cotidianos, pero nos cuesta reconocerlos, tal vez porque no miramos más allá de la persona que tenemos delante.

Me dio por pensar en mi propia historia, en la nuestra. Y me di cuenta de que todos contamos con hechos que pueden ser relevantes porque nos constituyen, porque nos hacen únicos y diferentes.

Basta un olor o una imagen fuera de contexto para abrir la caja de Pandora que supone la memoria. Y el recuerdo se queda contigo durante todo el día, rondando el presente, acechando el momento para no dejar que respire y se desarrolle y crezca. Es como si el recuerdo apagara la luz y la planta de la vida, de lo que ocurre en el día a día, no pudiera desarrollarse, respirar. La vida se queda pequeñita si dejamos que los recuerdos absorban su energía, secuestren la luz.

Sin embargo, también, como en todo, podemos descubrir el aspecto positivo. Somos piezas de recuerdo, estamos tejidos de sucesos, ocurrencias, aconteceres.

Me veo con pocos años en un R-8 sin parabrisas, en el asiento de atrás, con mis hermanos tapados hasta las orejas con una manta a cuadros, hacía frío. Trayecto hasta el pueblo más cercano para que nos pusieran el cristal. ¡Qué momento! Me recuerdo a los dieciséis, Arantxa gana el Roland Garrós, es sábado, mi mejor amigo me entrega una llave vieja, para que no le olvide, será mi amuleto durante ¡tantos años! Nunca más le volví a ver. Sigo nadando en el mar de la memoria y aparecen ante mi tus besos interminables, eternos, en mitad del agua, principio de todo. Surge un llanto, de repente, tras una operación de urgencia, el momento más tenso y a la vez el más bello del mundo. Un nacimiento donde se cumple, una vez, más el milagro de la vida. Guardo en mi caja también momentos de dolor, Yo pegada a un árbol, llorando, evitando una despedida definitiva, huyendo del duelo, mi prima mayor animándome a dar pasos, cuidándome, arropándome, recordándome que nunca estaré sola.

Rueda gigante de recuerdos impulsada por el Amor que lo llena todo. Retazos de historia. ¿Y la tuya?

Tu historia es también un milagro, una tragicomedia que se va escribiendo sin que sepamos cómo será el siguiente capítulo. Todos tenemos recuerdos pequeños que nos constituyen y que merecen ser contados ¿Por qué no?

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Latitud cero

Imagino que a vosotros también os ocurre. Cada vez me siento más identificada con Alex Rover, el personaje de Jodie Foster en “La isla de Nim”, aquella peli en la que era una escritora de novelas de aventuras a la que le daba miedo salir incluso a la puerta de casa. Seguro que la recordáis, tuvo que vencer sus miedos para atender al grito de socorro de una niña en mitad del océano. Superar su terror al exterior, su agorafobia, fue el primer paso de un giro de guion en su vida, impensable minutos antes de dar el gran salto.

Mi identificación con el personaje de la Foster es doble. Por un lado, mi mundo cada vez se cierra más a las cuatro paredes en las que me auto-confino con fines profilácticos. Acomodo mis horarios a la soledad del trabajo o la meditación y evito cualquier tipo de contacto social frente a frente. Por otro lado, espero un giro de guion que me obligue a luchar contra el miedo y dar el paso de salir al exterior, tal vez con motivos inesperados y heroicos ¡vete a saber por qué!

El caso es que, sea por miedo o por precaución, apenas salgo de casa. Vivo cómoda en la rutina diaria y en la desconexión casi llegando al plano vegetativo durante el fin de semana. Pero es una calma tensa, siento incertidumbre por lo que vendrá, por lo que puede ocurrir en un mundo donde todo parece ser posible y donde las catástrofes ya sea en forma de pandemia, terremoto o invasión extraterrestre, están a la vuelta de la esquina.

Me cuesta incluso ver a la gente que más quiero. Viene dada esta situación por un deseo: el de besar, abrazar, tocar. Una necesidad que menoscaba y deteriora mi corazón. Sufro por ello. No te quiero ver porque no te puedo dar un beso, no puedo abrazarte con libertad, no puedo demostrarte que te quiero. Y para mí ¡eso es tan importante! Sólo con hablarte, el alma duele. El terminar la conversación sin el mero acercamiento, sin el roce de unos labios sobre tu rostro, sin la fuerza del cuerpo a cuerpo, sin la sensación de tenerte entre mis brazos…, es para mí un motivo de duelo y lágrima. Siento el no sentir.

Recuerdo claramente la última vez que te besé, el último abrazo, … la libertad que teníamos a pesar de no ser conscientes de ello. Y ese recuerdo es causa de llanto y pesar. Así que prefiero no verte, opto por la rueda de la rutina y me acomodo al ritmo que la hace girar sin esperar, sin reflexionar, casi sin sentir.

¡Menuda manera de comenzar la semana! Sin embargo, mi opción amurallada siempre tiene una brecha: tú.

Tú que no te rindes, que me conoces y decides rescatarme, que como niña perdida en el océano me llamas a voces y sabes que iré a tu encuentro, que superaré el miedo, el hábito, la barrera y daré el paso de salir, de abrirme, de romper lo que creía inamovible por un único sentimiento: el del Amor que me une a ti (padre, madre, hermano, hermana, amigo, amiga, compañero del alma…).

No te quiero ver, pero te veo. No puedo tocarte, pero tu sola presencia abre en mi corazón la puerta a la esperanza. Llega el giro de guion con tu llamada, la palabra, el aliento, la causa firme, el reto, la vida.

Latitud cero, donde el mundo parece acabarse, tal vez comienza.

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¿Todavía no has bailado hoy?

Ayer escuché una frase de Albert Espinosa que me hizo reflexionar (huyo de sus aforismos y manifestaciones, aunque soy consciente de que a menudo rondan la tabla de salvación en medio del oleaje). La frase decía lo siguiente: “Hay que buscar menos y dejarse encontrar más”. Y tiene razón. Nuestra actitud, al menos la mía, últimamente es de búsqueda, constante alerta ante todo lo que sucede a mi alrededor, como si quisiera encontrar una señal en cada una de las situaciones que vivo, que me ocurren. Susceptible ante cualquier comentario o acción, doy cien vueltas a los hechos, intento buscar una explicación y me hago miles de preguntas. ¡Es agotador!

Esta tensión constante se une al ambiente pesimista que circula en redes y medios, que no en la calle que apenas frecuento, como te ocurrirá a ti. Es un “echar de menos “constante, la angustia de la ausencia.

De manera que, en realidad, no ocurre nada significativo. Sin embargo, el papel, como la vida, se convierte en cuerda floja sobre el precipicio. Vas avanzando, das pasos, recorres, pero todo es inseguro, provisional y es difícil cerrar los ojos y dejarse llevar. Alerta constante ¿recuerdas?

Esta mañana, me planto. Me dejo encontrar por ti. Por esa mirada que recorre las líneas que escribo, por ese corazón que se abre a mis pensamientos y sentimientos. Hoy pongo a disposición del tiempo mis oídos y dejo que una lluvia de notas empape bien mi alma, que el hormigueo interior de paso al movimiento de dedos, que mis caderas oscilen dibujando formas en el aire, que mis pies marquen el ritmo de la canción de turno, que cada uno de los centímetros de mi piel se conviertan en caja de resonancia de lo que llevo dentro. Hoy mi cuerpo ronda la locura al oír la música, sin importar el cómo ni el porqué. Hoy me dejo encontrar por el baile, por ti.

Hoy me marco un Whitney, que siempre hace mi amanecer especial, o un Williams, que logra que cada uno de mis pasos sea épico, o un Zaz, que me recuerde quién soy.

Y sé que estés en el lugar que estés, vibrarás como lo hago yo. Y mientras bailamos, sonreiremos y tendremos un  momento especial en este cuarto de luna menguante que vivimos, juntos.

¿Todavía no has bailado hoy?

(Ilustración: Leticia Delgado Sahagún. Instagram: @soyletileti)

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El muro

“No al oscuro sarcasmo en la clase ¡Ey, profesores dejad a los niños en paz!”. Traducíamos la letra de “The Wall” mientras en la pantalla una fila de niños y niñas de uniforme caminaba hacia el abismo de una máquina picadora de carne. Santiago, el de inglés, nos llevaba a ver la película a la clase de música. Aquella clase estaba insonorizada y era extremadamente pequeña. Para un grupo como el nuestro con cerca de cuarenta personas, de los más diversos tamaños, ir a aquel cubículo era entrar en un hervidero. Pero, al menos, dejábamos por un momento las matemáticas, los ejercicios y la rectitud de otras materias. Paradójicamente, la estrechez nos liberaba. Y una vez encontrado tu sitio, aquel profesor con rostro y actitud de dramaturgo del absurdo, empezaba su exhibición de extravagancia. Descorría una cortina de humo y contagiaba pasión por las canciones de aquel grupo británico del que yo, hasta entonces, nunca había oído hablar. Parecía querer decir: “¡Despertad! ¡Despertad malditos!” Aunque nosotros, recién llegados al instituto, apenas percibíamos la intención y, simplemente, nos limitábamos a mirarle con la extrañeza de encontrar una pieza que no encaja en la maraña del puzle.

Al ritmo de las canciones de Pink Floyd mi cabeza daba tantas vueltas como los cabezales del vídeo VHS. “¡No necesitamos la no educación!” gritaba exaltado, y casi al borde de la locura, el profesor de pelo rizado y gafas redondas. “All in all it’s just another brick in the wall”, canturreaba casi en nuestro oído. Perpleja e impresionada por los ojos de Bob Geldof en plena sobredosis, mi rostro expresaba confusión y cierto escepticismo. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Qué quiere este hombre? ¿Esta es la forma de aprender inglés? Pero… aquella música, aquella música…. Luz, transgresión, rebeldía. ¿Y el muro? El muro cayó.

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Raro, no digo diferente, digo raro

A veces comienzo el día remontando. Durante la noche asciendo porque vuelo contigo pero al despertar caigo. Asoma la realidad como escenario de la caída al vacío. Y no existe razón especial, solo un deseo escondido.

A ritmo de latido inicio la ruta diaria, convencida de que podré caminar obviando lo que en la cara oculta de la luna veo con claridad. Percibo el aliento de lo que podría ser, del sueño, de la idea que remite el pasado, … No me preguntes.

¿Lo conseguí? Sí ¿Lo logré? Entonces ¿de dónde viene la necesidad de desplegar las alas que siguen creciendo? ¿De dónde nace el inconformismo?

Escribo y no me engancho a los pensamientos que anclan. Escribo y dejo de sentir como alguien puede mirar aquello que yo misma no quiero esclarecer. Me sumerjo en el mar de la confusión.

Amanece. Empieza la remontada. Subiré a la rueda que gira por inercia, para no ver.

También esto pasará.

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