Sobre el Amor

Como si el mundo fuera una hoja de papel pautado, muchos se empeñan en escribir como si se pudiera encuadrar todo lo que ocurre. Como si la letra pudiese ser siempre de la misma forma, color o tamaño. No entienden que todo varía, que todo cambia y que no siempre se puede nominar o definir lo que pasa, lo que nos pasa.

Se empeñan en poner nombre a todo, a encuadrar las ideas, poner marco a los pensamientos y lo que es aún más difícil, marcar el redil de los sentimientos ¡tarea imposible! El empeño les lleva a guardar en pequeñas o grandes cajas todo lo que pasa por nuestro ser, a clasificar (-te), a colocar (-te) en estanterías. Ponen nombre a todo. Y el no hacerlo, les incomoda.

Con el Amor, ocurre lo mismo. Tratan de encuadrarlo, de llamarlo de tal o de cual manera. ¿Cómo se puede llamar? ¿Qué nombre poner?

Cuando se trata de amar, todos los nombres sobran.

El Amor no se llama, se hace, se demuestra, se practica, surge, crece, vive.

El Amor viene, llega, se instala, es motivo de lágrima y también de alegría.

El Amor no es único. Hay tantos tipos de Amor como personas a las que amas y cada uno es diferente porque cada persona es diferente.

El Amor une. Y al unirnos siempre comienza algo especial, original, inédito, sin nombre, difícil de encuadrar.

Las personas que conforman mi alma saben que las amo sin calificaciones, ni estanterías, ni precios, ni nombres, ni listas, …

Sé que me quieres de forma única, especial, propia, distinta, irrepetible.
¿Lo sientes? Te amo.

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Tu historia es un milagro

En las últimas semanas he comprobado como historias particulares pueden convertirse en enormes ejemplos de vida si son contadas. Una película, un programa de radio, un libro,…, basado en una vida real nos llevan a pensar que todo puede ser posible. En mi opinión, el mundo está lleno de héroes cotidianos, pero nos cuesta reconocerlos, tal vez porque no miramos más allá de la persona que tenemos delante.

Me dio por pensar en mi propia historia, en la nuestra. Y me di cuenta de que todos contamos con hechos que pueden ser relevantes porque nos constituyen, porque nos hacen únicos y diferentes.

Basta un olor o una imagen fuera de contexto para abrir la caja de Pandora que supone la memoria. Y el recuerdo se queda contigo durante todo el día, rondando el presente, acechando el momento para no dejar que respire y se desarrolle y crezca. Es como si el recuerdo apagara la luz y la planta de la vida, de lo que ocurre en el día a día, no pudiera desarrollarse, respirar. La vida se queda pequeñita si dejamos que los recuerdos absorban su energía, secuestren la luz.

Sin embargo, también, como en todo, podemos descubrir el aspecto positivo. Somos piezas de recuerdo, estamos tejidos de sucesos, ocurrencias, aconteceres.

Me veo con pocos años en un R-8 sin parabrisas, en el asiento de atrás, con mis hermanos tapados hasta las orejas con una manta a cuadros, hacía frío. Trayecto hasta el pueblo más cercano para que nos pusieran el cristal. ¡Qué momento! Me recuerdo a los dieciséis, Arantxa gana el Roland Garrós, es sábado, mi mejor amigo me entrega una llave vieja, para que no le olvide, será mi amuleto durante ¡tantos años! Nunca más le volví a ver. Sigo nadando en el mar de la memoria y aparecen ante mi tus besos interminables, eternos, en mitad del agua, principio de todo. Surge un llanto, de repente, tras una operación de urgencia, el momento más tenso y a la vez el más bello del mundo. Un nacimiento donde se cumple, una vez, más el milagro de la vida. Guardo en mi caja también momentos de dolor, Yo pegada a un árbol, llorando, evitando una despedida definitiva, huyendo del duelo, mi prima mayor animándome a dar pasos, cuidándome, arropándome, recordándome que nunca estaré sola.

Rueda gigante de recuerdos impulsada por el Amor que lo llena todo. Retazos de historia. ¿Y la tuya?

Tu historia es también un milagro, una tragicomedia que se va escribiendo sin que sepamos cómo será el siguiente capítulo. Todos tenemos recuerdos pequeños que nos constituyen y que merecen ser contados ¿Por qué no?

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Latitud cero

Imagino que a vosotros también os ocurre. Cada vez me siento más identificada con Alex Rover, el personaje de Jodie Foster en “La isla de Nim”, aquella peli en la que era una escritora de novelas de aventuras a la que le daba miedo salir incluso a la puerta de casa. Seguro que la recordáis, tuvo que vencer sus miedos para atender al grito de socorro de una niña en mitad del océano. Superar su terror al exterior, su agorafobia, fue el primer paso de un giro de guion en su vida, impensable minutos antes de dar el gran salto.

Mi identificación con el personaje de la Foster es doble. Por un lado, mi mundo cada vez se cierra más a las cuatro paredes en las que me auto-confino con fines profilácticos. Acomodo mis horarios a la soledad del trabajo o la meditación y evito cualquier tipo de contacto social frente a frente. Por otro lado, espero un giro de guion que me obligue a luchar contra el miedo y dar el paso de salir al exterior, tal vez con motivos inesperados y heroicos ¡vete a saber por qué!

El caso es que, sea por miedo o por precaución, apenas salgo de casa. Vivo cómoda en la rutina diaria y en la desconexión casi llegando al plano vegetativo durante el fin de semana. Pero es una calma tensa, siento incertidumbre por lo que vendrá, por lo que puede ocurrir en un mundo donde todo parece ser posible y donde las catástrofes ya sea en forma de pandemia, terremoto o invasión extraterrestre, están a la vuelta de la esquina.

Me cuesta incluso ver a la gente que más quiero. Viene dada esta situación por un deseo: el de besar, abrazar, tocar. Una necesidad que menoscaba y deteriora mi corazón. Sufro por ello. No te quiero ver porque no te puedo dar un beso, no puedo abrazarte con libertad, no puedo demostrarte que te quiero. Y para mí ¡eso es tan importante! Sólo con hablarte, el alma duele. El terminar la conversación sin el mero acercamiento, sin el roce de unos labios sobre tu rostro, sin la fuerza del cuerpo a cuerpo, sin la sensación de tenerte entre mis brazos…, es para mí un motivo de duelo y lágrima. Siento el no sentir.

Recuerdo claramente la última vez que te besé, el último abrazo, … la libertad que teníamos a pesar de no ser conscientes de ello. Y ese recuerdo es causa de llanto y pesar. Así que prefiero no verte, opto por la rueda de la rutina y me acomodo al ritmo que la hace girar sin esperar, sin reflexionar, casi sin sentir.

¡Menuda manera de comenzar la semana! Sin embargo, mi opción amurallada siempre tiene una brecha: tú.

Tú que no te rindes, que me conoces y decides rescatarme, que como niña perdida en el océano me llamas a voces y sabes que iré a tu encuentro, que superaré el miedo, el hábito, la barrera y daré el paso de salir, de abrirme, de romper lo que creía inamovible por un único sentimiento: el del Amor que me une a ti (padre, madre, hermano, hermana, amigo, amiga, compañero del alma…).

No te quiero ver, pero te veo. No puedo tocarte, pero tu sola presencia abre en mi corazón la puerta a la esperanza. Llega el giro de guion con tu llamada, la palabra, el aliento, la causa firme, el reto, la vida.

Latitud cero, donde el mundo parece acabarse, tal vez comienza.

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¿Todavía no has bailado hoy?

Ayer escuché una frase de Albert Espinosa que me hizo reflexionar (huyo de sus aforismos y manifestaciones, aunque soy consciente de que a menudo rondan la tabla de salvación en medio del oleaje). La frase decía lo siguiente: “Hay que buscar menos y dejarse encontrar más”. Y tiene razón. Nuestra actitud, al menos la mía, últimamente es de búsqueda, constante alerta ante todo lo que sucede a mi alrededor, como si quisiera encontrar una señal en cada una de las situaciones que vivo, que me ocurren. Susceptible ante cualquier comentario o acción, doy cien vueltas a los hechos, intento buscar una explicación y me hago miles de preguntas. ¡Es agotador!

Esta tensión constante se une al ambiente pesimista que circula en redes y medios, que no en la calle que apenas frecuento, como te ocurrirá a ti. Es un “echar de menos “constante, la angustia de la ausencia.

De manera que, en realidad, no ocurre nada significativo. Sin embargo, el papel, como la vida, se convierte en cuerda floja sobre el precipicio. Vas avanzando, das pasos, recorres, pero todo es inseguro, provisional y es difícil cerrar los ojos y dejarse llevar. Alerta constante ¿recuerdas?

Esta mañana, me planto. Me dejo encontrar por ti. Por esa mirada que recorre las líneas que escribo, por ese corazón que se abre a mis pensamientos y sentimientos. Hoy pongo a disposición del tiempo mis oídos y dejo que una lluvia de notas empape bien mi alma, que el hormigueo interior de paso al movimiento de dedos, que mis caderas oscilen dibujando formas en el aire, que mis pies marquen el ritmo de la canción de turno, que cada uno de los centímetros de mi piel se conviertan en caja de resonancia de lo que llevo dentro. Hoy mi cuerpo ronda la locura al oír la música, sin importar el cómo ni el porqué. Hoy me dejo encontrar por el baile, por ti.

Hoy me marco un Whitney, que siempre hace mi amanecer especial, o un Williams, que logra que cada uno de mis pasos sea épico, o un Zaz, que me recuerde quién soy.

Y sé que estés en el lugar que estés, vibrarás como lo hago yo. Y mientras bailamos, sonreiremos y tendremos un  momento especial en este cuarto de luna menguante que vivimos, juntos.

¿Todavía no has bailado hoy?

(Ilustración: Leticia Delgado Sahagún. Instagram: @soyletileti)

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El muro

“No al oscuro sarcasmo en la clase ¡Ey, profesores dejad a los niños en paz!”. Traducíamos la letra de “The Wall” mientras en la pantalla una fila de niños y niñas de uniforme caminaba hacia el abismo de una máquina picadora de carne. Santiago, el de inglés, nos llevaba a ver la película a la clase de música. Aquella clase estaba insonorizada y era extremadamente pequeña. Para un grupo como el nuestro con cerca de cuarenta personas, de los más diversos tamaños, ir a aquel cubículo era entrar en un hervidero. Pero, al menos, dejábamos por un momento las matemáticas, los ejercicios y la rectitud de otras materias. Paradójicamente, la estrechez nos liberaba. Y una vez encontrado tu sitio, aquel profesor con rostro y actitud de dramaturgo del absurdo, empezaba su exhibición de extravagancia. Descorría una cortina de humo y contagiaba pasión por las canciones de aquel grupo británico del que yo, hasta entonces, nunca había oído hablar. Parecía querer decir: “¡Despertad! ¡Despertad malditos!” Aunque nosotros, recién llegados al instituto, apenas percibíamos la intención y, simplemente, nos limitábamos a mirarle con la extrañeza de encontrar una pieza que no encaja en la maraña del puzle.

Al ritmo de las canciones de Pink Floyd mi cabeza daba tantas vueltas como los cabezales del vídeo VHS. “¡No necesitamos la no educación!” gritaba exaltado, y casi al borde de la locura, el profesor de pelo rizado y gafas redondas. “All in all it’s just another brick in the wall”, canturreaba casi en nuestro oído. Perpleja e impresionada por los ojos de Bob Geldof en plena sobredosis, mi rostro expresaba confusión y cierto escepticismo. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Qué quiere este hombre? ¿Esta es la forma de aprender inglés? Pero… aquella música, aquella música…. Luz, transgresión, rebeldía. ¿Y el muro? El muro cayó.

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Raro, no digo diferente, digo raro

A veces comienzo el día remontando. Durante la noche asciendo porque vuelo contigo pero al despertar caigo. Asoma la realidad como escenario de la caída al vacío. Y no existe razón especial, solo un deseo escondido.

A ritmo de latido inicio la ruta diaria, convencida de que podré caminar obviando lo que en la cara oculta de la luna veo con claridad. Percibo el aliento de lo que podría ser, del sueño, de la idea que remite el pasado, … No me preguntes.

¿Lo conseguí? Sí ¿Lo logré? Entonces ¿de dónde viene la necesidad de desplegar las alas que siguen creciendo? ¿De dónde nace el inconformismo?

Escribo y no me engancho a los pensamientos que anclan. Escribo y dejo de sentir como alguien puede mirar aquello que yo misma no quiero esclarecer. Me sumerjo en el mar de la confusión.

Amanece. Empieza la remontada. Subiré a la rueda que gira por inercia, para no ver.

También esto pasará.

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La última tarde de Noviembre

Ocurrió hace hoy un año. “Como los hijos de Atticus” vio la luz. Con pasos cortitos pero firmes hizo su entrada en escena la última tarde de noviembre en el Centro Social Aldea, edificio “El Porvenir” y fue tal y como lo había imaginado. Un sueño cumplido en presencia de toda la gente que me quiere y a la que quiero, algunos venidos desde lejos sólo para la ocasión. Fue un día feliz y así lo recuerdo en mi corazón. La memoria de toda esa jornada me da fuerzas y mucha, mucha energía.

Mi compañero de viaje y mis hijos se ocuparon de estar entre bastidores acompañando en todo momento, pendientes de que no faltara de nada, de que toda la técnica funcionara bien. Mis amigas prepararon un photocall precioso y una decoración donde no faltó ningún detalle. Pilar, mi amiga del alma, vino desde Valladolid para acompañarme desde el instante uno. También viajaron para estar presentes Dori y Rox a las que no puedo estar más agradecida. Mi familia me rodeó y arropó acompañándome en el nacimiento de mi primer hijo literario, mis padres que lloraban de alegría casi tanto como yo, mis hermanos, mis primos y tíos, … Nunca podré olvidar el esfuerzo que muchos de ellos hicieron por estar conmigo esa tarde.

Y amigos, muchos, los que habían participado de forma directa en el libro, los que actuaban encima del escenario cantando canciones especiales en mi trayectoria vital, los que simplemente querían estar en un momento tan importante para mí, compartiendo conmigo el instante. Todos aportando su granito de arena para que todo fuera perfecto. Y fue hermoso, muy, muy hermoso.

Cantamos, reímos, lloramos, disfrutamos con la magia de las palabras. Hoy, un año después, saco el recuerdo del bolsillo con toda su fragancia y aroma. Me siento nostálgica pero también inmensamente feliz por haberlo vivido y compartido con toda la gente bonita que me rodea y me impulsa cada día. Sólo puedo decir que os quiero, que os dos las gracias y que mi vida es mucho mejor gracias a días como aquel 30 de noviembre.

“Como los hijos de Atticus” comenzó su camino dándome alegrías y así ha seguido durante un año. Una voz me impulsa desde el interior: ¡Vamos! ¡La vida continúa! Sonrío y sigo dando pasos, cortitos pero firmes. ¿Los sientes?

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Cosas que diría con tan sólo mirarte

Os propongo un viaje en el tiempo. Volver a los 17, como dice la canción. En mi opinión, es una edad trascendental en la vida de una persona. Todas las decisiones que tomamos nos determinan pero nuestras elecciones adolescentes marcarán el resto de nuestra vida. Elegimos amigos, trayectoria profesional, actitudes ante la realidad,… Y lo hacemos en un momento convulso interior y exteriormente, donde todo parece cambiar, en plena revolución. A esa edad, llega el Amor, con mayúscula, el que después diremos que es “el Amor de nuestra vida, nuestro Primer Amor”.

Es curioso, cuando más vulnerables somos a los cambios, más importantes decisiones tenemos que tomar. Cuanto más valientes parecemos ser, más llenos de miedo nos encontramos.

El pasado año, con motivo del 25 de Noviembre y en nombre de los padres y madres del centro escolar de mi hijo, escribí una carta dirigida a los chicos y chicas de 14, 15, 16 y 17 años que me estaban escuchando. Si lo que yo ahora sé, con mis 48, les sirve… pues genial y estupendo.

Creo que se habla poco de la situación de sometimiento y falso amor que viven muchas adolescentes, normalizando lo que no debería ser habitual nunca.

Esto es lo que les escribí, lo podéis leer y también escuchar.

Cosas que diría con tan sólo mirarte.
Me reconozco en ti, siento la misma ilusión, el mismo hormigueo interior,
Las mariposas que revolotean cuando le ves.
Ese nerviosismo que no te deja parar y que te impulsa a chillar
A hacer aquello que nunca creíste posible
A ir al lugar prohibido, a hablar sobre lo no permitido,
A romper normas, a ir contracorriente.
Él, Ella, te da fuerzas.
Por Él, por Ella serías capaz de volar con las alas rotas, como diría la pintada callejera que borraron a saberse por qué.
Sé lo que sientes.
Es Amor, es Pasión, es un Te quiero hasta el infinito y más allá.
Me reconozco en ti.
Pero quiero que sepas una cosa.
Si la amas, si realmente te ama, que te lo haga saber.
No es amor, si te controla el móvil.
No está enamorado si dice que olvides a tus amigos y amigas.
No es amor si hace que hagas aquello que no quieres hacer.
Si se salta la frase: No es no.
No es amor, si te hace sentir pequeña en público, y dice frases que invitan a su superioridad.
No es amor, si en un ataque de rabia, te da un tortazo, aunque luego te diga te quiero corazón.
No eso no es amor.
No es amor, si te dice que ropa tienes que ponerte. Si dice, ¡no te maquilles que así estás muy guapa! Y si te ve maquillada te pregunta ¿para quién te has puesto así?
No, eso no es amor.
No es amor si trata de dominarte, si piensa por ti, si controla tu horario.
Eso no es amor. No te quiere más por hacer todo eso, no.
Pero como dicen Marwan
“Conviene saber, y no lo olvides, no hay mujer que tenga dueño,
es una flor, no es una propiedad.
Conviene saber que aunque jamás nos lo dijeran de pequeños
el amor es el único juego en el que hay que empatar.”
Cosas que diría con tan sólo miraros.
Lo que no es amor, roba el alma y marca de por vida.
El amor da alas, disfrutadlo.


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El mar de la serenidad

¡Venga! Seguro que a ti también te ha pasado. En la columna imaginaria del “tengo que hacer” se acumulan los deberes, esperan en la puerta de entrada a que les toque el turno y, en ocasiones, se amontonan. “¡Yo el primero!”, dice ese artículo que tienes que escribir. “¡No! ¡Yo!”, se impone la lavadora que acaba de centrifugar. “¿En serio? ¡Te digo que yo soy más importante!”, dice el audio que te falta por montar o la compra que no hiciste y ¡mira, que te hace falta! Todo aquello que tienes que hacer te chilla al oído y se agolpa en tu interior, acosándote, paralizándote.

En esos momentos, la acumulación de deberes se convierte en arena, no puedes nadar, es una inmensa cadena que te tiene atada de pies y manos. ¿Cómo convertir la arena en agua? De nuevo la naturaleza cuenta con todas las respuestas.

El pasado fin de semana me contaron una historia en mitad la Honfría, probablemente el bosque de acebos más al sur que existe en la península. Se trata de un lugar mágico donde además los castaños y los robles escoltan caminos centenarios y los buitres y milanos te observan desde su vuelo. El guía de mi paseo nos explicó que este paisaje especial posee dos características escasas en la zona: humedad y frío, propicias para que el acebo crezca a sus anchas. El instinto natural de este llamativo árbol pinta de colores rojos impresionistas la cara norte de la sierra de las Quilamas y atrae a pájaros pequeños y medianos en esta época otoñal. “¡Venid a mí!”, les dice, “ahora que el fruto escasea, soy vuestro mejor manjar”. Y de este modo se cumple un pacto natural, que nace del instinto de árbol y pájaro, uno como alimento, otro como maravilloso sembrador de semillas que esparce por todo el valle después de haber recorrido su interior. El ave colabora con el acebo, forman comunidad, cooperan y el mundo es mejor por ello.

Ante el tronco del castaño milenario, lugar probablemente sagrado, de reunión y encuentro, me hice una promesa: voy a hacer conmigo misma un pacto , a guiarme por el instinto: al cooperar, todos ganamos. Y a veces esa cooperación sucede sin saberlo, por tendencia natural.

Cuando al iniciar la semana, todo el “tengo que hacer” se agolpaba en mi mente, decidí remontarme al bosque de acebos, a buscar la luz como el gigante cerezo silvestre que sorprende al caminante, y encontré cierta paz. Pensé en el árbol, en el pájaro y me dije que guiada por mi corazón he de ir poco a poco desentrañando el inmenso lío, liberándome de la cadena, convirtiendo la arena en agua. A menudo hay que detenerse, respirar y luego dejar pasar lo que tenga que pasar, todo está por llegar.

Hoy haz un pacto contigo mismo. Busca un lugar al que regresar, donde sientas paz, donde el tiempo se detenga. Cuando lo tengas, recurre a él antes de empezar a hacer lo que se supone que tienes que hacer. En el mar de la serenidad la arena se convierte en agua y, te aseguro, que es mucho más fácil nadar.

Que tu brazada sea precisa, que tu vuelo sea bello, que disfrutes de cada momento, como lo que es, algo único y especial, instante de vida.

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La carta

Os contaré algo que me sucedió ayer y que todavía continúa dando vueltas en mi interior. Pasaba por la calle cuando una persona que conozco me saludó, casi sin venir a cuento, me dijo que aún conservaba una carta que yo le había escrito cuando yo tenía 18 años y que había resultado clave en su vida. Sin poder remediarlo, me invitó a entrar a su cercana casa y me enseñó la carpeta donde guardaba mi misiva, con sobre y sello de la época. Tuve la oportunidad de leérsela en voz alta y la situación no pudo ser más entrañable. Aquel simple gesto había sido, sin duda, un acto determinante que él guardaba en su corazón envuelto en cariño y agradecimiento. Creo que hasta ayer, treinta años después, no fui consciente de ello.

Os cuento todo esto porque pienso que muchas veces no nos damos cuenta de la trascendencia que pueden tener nuestros pequeños actos para otras personas. Algo tan sencillo como escribir unas letras, antes por carta ahora por WhatsApp, puede ser determinante en el devenir de una persona, en su trayectoria vital. Creo que tenemos más poder del que pensamos y que ese poder puede ser utilizado para bien o para mal.

Por eso,quiero que sepas que, aunque tú no lo sepas, hoy vas a ser importante para alguien.Puede ser un vecino, un amigo, tu madre o tu padre. Tu palabra es importante y tus hechos también porque pueden determinar la vida de una persona. Aunque tú no te lo termines de creer.

¡A por el día! Con la fuerza que nos da el saber que sonreír con los ojos puede prestar luz y que aquello que digas puede ser un golpe de efecto cuyas ondas se expandan en el río de la vida durante incluso más de treinta años y sólo por una carta.

Postdata: Al leer esa carta que escribí (¡hace tanto tiempo! )comprobé que mi espíritu ha madurado pero no ha cambiado en su esencia (¡así me va!) y eso me gustó. Lo que otros sembraron en nosotros, la herencia de los que cuidaron la planta, permanece y el árbol más o menos crecidito sigue buscando el sol con ganas e ilusión.

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