LECTURA DE VERANO: “EL DOCTOR ZHIVAGO”

“Apetecía soñar y pensar en el porvenir”

“Perdóname una vez más el desorden de mis palabras. ¡Cómo me gustaría hablar contigo sin este énfasis! Pero, la verdad, no podemos elegir. (…) Tenemos los días contados. Aprovechémoslos como podamos. Los gastaremos para acompañar la vida como se acompaña a quien tiene que partir, como el último encuentro antes de la separación. Nos despediremos de todo lo que queremos, de nuestros pensamientos de siempre, del modo en que soñábamos vivir y de lo que nos ha enseñado la conciencia. Nos despediremos de las esperanzas, nos despediremos mutuamente. Volveremos a decirnos uno a otro nuestras palabras secretas por la noche, grandes y pacíficas como el nombre del océano de Asia. No por nada estás aquí, al final de mi vida, mi escondido amor, mi amor secreto, bajo el cielo de la guerra y las insurrecciones, tú que te me apareciste al principio bajo el plácido cielo de la infancia (…)

Luego a menudo he intentado dar un nombre a esa luz de hechizo que dejaste entonces en mi alma, ese rayo que gradualmente se apagaba, esa música que moría, que me acompañaron durante toda la existencia y que se han convertido en la llave de mi conocimiento de todo el resto del mundo, gracias a ti”.
(Borís L. Pasternak. “El doctor Zhivago”)

 

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Principios activos

A menudo nos enredamos en la maraña de nuestros propios pensamientos, dando vueltas constantemente a la misma idea y opinión. El enredo resulta tan complicado y pesado que nos arrastra a la profundidad del océano y la brazada es imposible, la locura y el extremo se ven cerca. La superficie clara y bella es distante y lejana. No hay salida. Casi, casi te recreas con tu porpio derrumbamiento, viendo en pantalla grande y a cámara lenta como caen las piezas, una tras otra, una tras otra… Sin más. Desasosiego. Silencio.

Sin embargo, cuando menos lo esperas, llega el sonido de tu voz, requisito necesario para encontrar la luz, tu voz me da alas.

A ese primer indicio de salida, le sucede la presencia fortuita e inesperada de personas que aterrizan en tu alma en el momento preciso, que entran en tu vida como viento fresco en el cuarto oscuro, iluminándolo todo. Estas presencias repentinas toman tu alma y la ponen a centrifugar, lavando con cuidado lo más difícil y tendiéndola después al sol para orear.

Son gente que supone el principio activo de una química personal necesaria en un mundo donde el individualismo se impone. Son personas y situaciones que te hacen ver los árboles y con ellos la vida de otro modo, de otra manera, desanudando tus piernas de la marañaa, desenredándolo, todo.

Son personas con las que puedes bailar hasta el amanecer canciones trasnochadas, pero siempre vivivas, llenas del ritmo necesario para detener el tiempo.

Gente a las que la sencilla dulzura de un caramelo hace feliz. Personas con las que hablar, hablar, hablar….

Y así poco a poco la luz es más cercana, nadar es posible y sonreír en la imensidad del mar es vital para poder respirar.

Agradezco la presencia de a cada una de estas personitas que he encontrado en las últimas semanas. No son superhéroes, pero saben besar, abrazar, acompañar, caminar al lado sin hacer ruido pero ofreciendo la fuerza necesaria para continuar.

 

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Nuestro reflejo

Llevo tiempo pensando en los jóvenes. Soy madre de jóvenes e imparto sesiones y talleres donde la gente joven es protagonista. Precisamente en una de estas actividades, de radio, pensé que sería buena idea el salir a la calle y realizar una encuesta aleatoria sobre la opinión que se tenía de la juventud. El tono general de las respuestas callejeras fue negativo o lejano a una valoración. Mi sorpresa aumentó cuando hicimos la encuesta al revés y pregunté a los chicos y chicas: “¿Cómo creéis que la gente ve a la gente joven?” La valoración tampoco fue positiva, temas como el alcohol, los conflictos o la indiferencia salieron a la luz.*

En mi opinión, los jóvenes de hoy en día lo tienen muy difícil. Se mueven en un mundo distópico donde no hay pasado ni futuro, su línea de acción funambulista es el presente más inmediato y ahí tienen que realizar equilibrios para demostrar constantemente que valen, que se puede vivir al límite y que nada importa si estoy bien. La imagen generalizada es negativa porque en ellos reflejamos nuestras propias frustraciones y esto no es nuevo, pero ahora se intensifica. Queremos que sean lo que no hemos sido nosotros, que consigan aquello que no hemos logrado, pero sobre todo queremos su bienestar a costa de lo que sea o de quien sea.  Buscamos un mundo monocolor, rosa o blanco en la mayoría de las ocasiones, no nos importa que la realidad tenga claroscuros o que sea tan variada como el arco iris. Pensamos que les damos lo mejor cuando les ponemos las cosas fáciles o que les beneficiamos cuando les protegemos. Y luego nos permitimos el lujo de criticar nuestro propio producto social. 

Otro de los problemas es la horquilla de edad de la denominada edad joven, demasiado amplia en mi opinión. Y esto tiene que ver con la eterna juventud a la aspiramos. Esto tampoco es nuevo, fueron muchos los aventureros que paradójicamente perdieron la vida en busca del elixir de la eternidad y los alquimistas también añadían  este deseo a su lista de aspiraciones.

No comprendo una sociedad que no cree y confía en la gente joven, que en el fondo son nuestro futuro y el fruto de aquello que hemos construido entre todos. Lejos de una reflexión filosófica que no me corresponde, la solución pasa por el diálogo intergeneracional, el encuentro del eje central en el ser más que en el hacer y en la adaptación al tiempo y al espacio que vivimos.

La respuesta está en la utopía que ilumina la ilusión, esa luna  perdida que aún tiene “espacio disponible”**

 

*(Podéis escuchar las encuestas a las que se refiere este artículo aquí  y aquí  y la opinión de los chicos y chicas aquí) .

**“Espacio disponible”, obra de teatro de Perigallo Producciones, ganadora del premio del público al mejor espectáculo de sala en la 20 ª Feria de Teatro de Castilla y León-Ciudad Rodrigo.

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RE-

¡Cómo cambia todo! Mis pies continúan enraizados en la profundidad terrena de mi isla y, sin embargo ¡han pasado ya dos lunas! Y el vertiginoso tiempo ha revuelto pensamientos y alegrías, tristezas y cotidianas revoluciones, sentimientos y visiones, de todo lo que acontecía alrededor. Porque lo he visto todo: muerte, dolor y destrucción, pero también crecimiento, sonrisa y pasión. He disfrutado, sentido, sufrido, vibrado, bromeado, oído y saboreado a partes desiguales, en porciones de muy diferentes dimensiones. La autenticidad de la vida, lo llaman.

Y todo esto ha pasado sin moverme, sin dejar que mis pies trotasen más allá del horizonte diario que me fascina ya sea al amanecer o al anochecer, el sol marca los límites del día. Y todo esto ha pasado casi sin sentirlo, en el fugaz, siempre expresado y nunca suficientemente valorado, verano.

Nota: Está llegando la hora, la pluma está preparada y el alma ya está dispuesta. Noviembre se acerca, el mes de Pandora. Re-

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45

Al borde del abismo que suponen los 45 años todo es posible. Llevo pensando en ello varias semanas, jamás había percibido un pánico escénico similar ante el imparable acontecer del cumplir años. Siempre me había sentido feliz ante la idea de celebrar el haber vivido un año más, sin embargo ante este 29 de junio, mis pies se paralizan y el semblante hierático no expresa más que preocupación y cierto desasosiego. Y es que 45, número perfecto, es también una edad bisagra.
La relativa juventud se esfuma. La vejez se ve lejos. Definitivamente, alcanzas el pleno de la edad madura. Empiezan las temibles revisiones médicas, por obligación, donde a buen seguro que encuentran algo. Surge el fantasma del nido vacío. Abres bien los ojos hacia adentro para hacer un repaso del camino realizado, de los sueños ¿cumplidos? Revisas el peso, el color de tu pelo, la forma de tus labios, el aspecto. Tiemblas ante lo que vendrá, mezcla de curiosidad y miedo. Das cuenta a tu alma, incluso, de tus sentimientos, zurcidos y repasados con agujeros invisibles, que tú y sólo tú, mimas y sientes.

Me balanceaba en la barca ante las aguas turbulentas que supone un cambio de estado, de edad, el paso de la corriente a las aguas bravas. Me dejaba mecer por el impulso de este acontecer en el río de mi vida. Y notaba los movimientos bruscos en mi cuerpo y corazón. Me ocurría esto, a tan sólo una semana de cumplir un año más. Fue entonces cuando me percaté y me di cuenta.

Tal vez no sólo se trata de dar gracias por obligación, pues es notable y de bien nacido ser agradecido. De esto no hay duda. Tal vez no sólo se trata de sonreír ante un año más vivido con esmero, detalle y dedicación. Pues el tiempo es un regalo y la habilidad de aprovecharlo, al límite, un don. Es posible que no sólo se tratara de esto, porque soy consciente de ello y forma parte de la genética heredada y del buen hacer aprendido de todos los que me precedieron y contribuyeron a mi formación. No. Ahí no estaba el secreto.

“Me quiero y me acepto”, afirmaba la canción, “con pasión”, añado yo. Es la pasión lo que difiere, la eterna diferencia. Dar pasos con el ímpetu adecuado, con la entrega necesaria y precisa, esa es la distinción. De modo que yo leo, escribo, canto, camino, corro, observo los pájaros, hablo, converso, ayudo, rondo el verso, subo, bajo, escribo,… ¿qué diferencia mi hoy de mi ayer? ¿qué hace especial este segundo respecto al siguiente? Indudablemente, el gramito de pasión y entrega amorosa que ponga en cada letra, en cada palabra.
Pulso teclas a ritmo de corazón y sólo así te encuentro. Respondo a mis interrogaciones con sentencias firmes que no siempre son acertadas. Equivocarse también es necesario. Vertiendome en cada error, en cada decisión, en cada parpadeo, …, así  ¡Apasionadamente!

Number 45 Forty Five Chalkboard

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Rumbo a Ítaca


Alguien a quien tengo muy presente me deseó una vez, ante el desafío de una tarea importante, que alcanzara mi propio Ítaca. Mucho tiempo después he reflexionado sobre esta idea. Ítaca es la isla griega identificada en los poemas de Homero como la patria de Ulises. El viaje de regreso al hogar constituye su Odisea.

Escribió el poeta griego Kavafis:
Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes (…)
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes. (…)
Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje. (…)”

Estamos siempre en camino, hacia el lugar que constituye nuestro hogar, donde nos sentiremos a gusto y completos, donde compartiremos con los nuestros la alegría de lo logrado. Y este camino que se nos brinda lleno de oportunidades y también de muchas dificultades implica decisiones constantes. Muchas veces difíciles. ¿Cuál es el criterio para aquel que duda de forma permanente, para aquel que tiene como máxima la paráfrasis cartesiana “dudo luego existo”?

La respuesta está en el día a día, en tener claro el destino, el hogar, nuestro Ítaca. A golpe de corazón avanzamos nuestro camino, con ilusión y la esperanza en que después de la gran tormenta llegará la calma y seremos más fuertes. La experiencia que ofrece el error. El ritmo lánguido de los días rutinarios que aletarga nuestro caminar. La inercia del paso por caminos conocidos. La incógnita que supone el recorrido por sendas nunca antes vistas. El desafío de las montañas. La belleza de los valles, descansados.

Creo que la vida, nuestra vida, es un hermoso viaje en compañía. No asumo la heroicidad de superarla en soledad. Bebo de las aguas compartidas, de las rutas cogida de la mano de aquellos que me quieren, del amor y el cariño que desprenden los que me animan a continuar. Creo en la mirada atenta de los que valoran lo sencillo. Creo en ti que me estás a mi lado en este desafío. Tomemos este barco, pongamos rumbo a casa.

(Ilustración: Marabeliusa Ilustraciones )

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Los tejados

La libertad que me da contemplar contigo los tejados
desde lo más alto,
agarrada de tu mano, con mi cabeza apoyada en tu hombro.
Segura.
Consciente del momento presente,
de que no hay nada más allá.
Libre un segundo,
onírico.
Libre subconsciente que vuela sin coartadas ni prejuicios.
Pura atracción,
puro sentimiento sosegado
y único.
La libertad que me ofrece el quererte
aquí y ahora,
en silencio,
sigilosamente,
sin ruido.
La libertad que me da amarte.
Abro los ojos,
desde la nube.
(Pandora Noviembre)

(De mi sueño, brotó un poema)

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PERSIGUIENDO SUEÑOS

“Las ideas son regalos. Sigue las ideas y no te preocupes de la forma, de las reglas. Sigue las ideas de las que te has enamorado y sé fiel a ellas. Y ellas te lo dicen todo, así es como se hace” (David Lynch)

Hace ya tiempo, leí la historia de Adrián Solano, el esquiador venezolano que compitió en un campeonato mundial sin haber visto nunca antes la nieve. Su meta era para él tan importante que hizo lo imposible por llevarla a cabo, superando toda lógica y argumento racional. De sus palabras, guardé en mi corazón un puñado de ellas: “Los sueños nunca vencen, sólo les das pausa en su descarga”. Y es cierto, un sueño siempre te anda rondando. Va y viene. Busca cualquier grieta, cualquier punto de luz en tu acomodada y estable vida para hacerse visible y revolucionar tu interior. Es la idea que no te dejará dormir tranquilo hasta que no la lleves a cabo, aquella que te buscará al final de tus días para preguntarte, cara a cara: “¿por qué no seguiste mi senda?”, casi como un reproche, como un deseo insatisfecho.

El sueño aparece a golpe de corazón. Siempre está ahí. En un momento, es la ilusión que te impulsa a seguir caminando. Al otro, la decepción por ser cobarde y no saltar. Al día siguiente, la imaginación que brilla en tus ojos. Al otro, el miedo personificado en temblor de labios y cabeza oculta en la almohada.
En mi interior aún resuenan las palabras de dos amigos que han vertido en mí su pensamiento en los últimos tiempos. Las primeras de mi amigo Abel que me pegó un tirón de orejas en plena entrevista, diciendo aquello de que si queremos algo tenemos que ponernos a ello, siempre habrá algo más de qué ocuparnos, pero eso debe ser lo importante. Las segundas de mi amiga Loli que, con la sabiduría cotidiana que la caracteriza, me dijo que nada ni nadie puede impedir que yo haga algo de lo que estoy plenamente convencida porque después siempre me preguntaré por qué no lo hice.

La carrera por conseguir un sueño, sea realizable o no, es nuestra motivación a la hora de recorrer la porción de camino designada. La pretensión hace posible que la maquinaria avance. Si lo alcanzamos, la satisfacción será plena. Si no es así, siempre será la zanahoria que delante de tu rostro te ayude a avanzar por la senda que realmente decides y quieres.

Y ahora piensa… ¿Cuántos sueños tienes a la espera de descarga? ¿Por qué no acudir en pos de ellos? ¿Por qué no dejar que sean la estrella polar que te indique el norte en la noche oscura? ¿Por qué no dejar que renazcan de manera maravillosa como el sol cada mañana?

Otra amiga, Sonia, hace ya más de veinticinco años, me ofreció un proverbio conocido como parte de su hermosa herencia: “Es posible que no lo consiga, pero al menos tendré el logro de haberlo intentado”. Y no se equivocó.

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¡Miranfú!

(Dedicado a mis compañeros camino… ¡de todos los caminos!)

“Quiero quedarme a vivir en este instante, en el que la montaña rusa llega arriba, y no antes ni después” (La M.O.D.A.)

Nos hubiésemos quedado a vivir en ese instante, el del logro y la hazaña conseguida, el del objetivo logrado, el instante irrepetible que supone cruzar la meta, el momento que formaría parte de la historia de nuestras vidas como un capítulo reseñable para contar. “Lo hice”, lo conseguí”, diríamos con amplitud de sonrisa y gran energía. Guardaremos, sin embargo, ese instante en la caja mágica de nuestro corazón, con cariño, sacándole brillo de vez en cuando para no olvidar, para siempre recordar. Para escribir versos de foto instantánea, descripción física de lo que fue, evocadora imagen de lo ocurrido.

¿Y después? ¿Y después qué? La realidad del sueño feliz. La andadura. Llega el momento de despertar, de incorporarse a la a la rutina, a la vida diaria. Y ahora, aquí, el camino se desdibuja entre la niebla y búsqueda frustrada de flechas amarillas.

Lejos de descargar la mochila. Traje mi valija interior llena de buenas intenciones. Mas el cielo me recuerda que la intención y el recuerdo no son suficientes. Hace falta Fe y confianza indestructible, como la sonrisa que me empuja a diario, cotidianamente, cada mañana. La luz del amanecer, la alegría que mueve el mundo.

Buscaré lo extraordinario en cada momento de este día. Ahora que tengo el impulso de lo conseguido y vivido, balanceo constante que me ayudará en la búsqueda de un nuevo objetivo y, con la memoria de lo logrado, trazaré un nuevo rumbo en mi trayectoria vital, dispuesta a encontrar el pasadizo secreto que conduce a la libertad. Remaré en contra del viento, a pesar de la fuerza de las aguas desbordadas. Y lo haré ahora que tengo fuerza acumulada, gracias al apoyo prestado por aquellos que me acompañaron en los distintos caminos de la vida, que son muchos, que eres tú que me lees o escuchas, que eres tú que me aportas la fuerza del cariño, la amistad, la valentía, la constancia, el esfuerzo, la presencia, la eternidad del amor.

By the way, ¡gracias! Hoy reviviré contigo el instante de la montaña rusa, del primer beso, del inmenso abrazo, del primer llanto, de la mirada eterna, del momento perfecto que permanece y da fuerza, para no olvidar. Y esto será lo que hará diferente y especial este día, nuestro día.  ¡Miranfú!

(“Miranfú”, es una palabra que significa “va a pasar algo diferente, nuevo y especial”. Es una de las palabras inventadas por Sara, la protagonista de “Caperucita en Manhattan” de Carmen Martín Gaite, libro por cierto más que recomendable)

 

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Tiempo de golondrinas o aprendiendo a aparcar

¿M’chayab? Supongo que se puede decir de cualquier cosa que te haga sentir recuperada. Como té caliente en un día frío, o cogerle de la mano a un niño pequeño. Una cosa poco importante que hace que te sientas viva” (“Lo que de verdad importa”, Jan Goldstein)

Me sorprendo mirando las golondrinas del patio donde tiendo la ropa al sol. Las observo, pienso en dónde tienen sus nidos, escucho sus gorgoreos y sonrío al pensar que la madre observa a sus crías desde el tendedero de la vecina, a distancia, como queriendo acostumbrarlas a la soledad pero sin perder ni un vistazo de sus primeros momentos en la vida. Reflexiono sobre una palabra yidis, la lengua que hablada por los judíos de origen alemán, que acabo de aprender al leer un libro. Y me digo a mí misma que ese es mi momento m’chayab, el instante donde se detiene el tiempo y te sientes bien con algo tan sencillo como observar el vuelo de un pájaro o la ternura de una mamá golondrina. Me siento bien, a pesar del ajetreo pasado o de las preocupaciones que parecen caer como losas desde el cielo hoy azul, mañana… mañana ya veremos. Sonrío, acabo de aprender a aparcar.

Y es que el aparcamiento es una de las trabas más habituales en los exámenes iniciales para obtener la licencia y también después. Aunque sepas conducir, aparcar no siempre es fácil, y más cuando vives en un contexto donde lo del aparcamiento no es necesario, porque siempre hay sitio donde dejar el coche. Hasta que llega el día en que vas a la gran ciudad y no te queda otro remedio. Hasta que llega el momento.

Entended el símil, porque la semana pasada he estado ejecutando aparcamientos constantes y practicando la difícil maniobra. Mi agenda diaria se encontraba desbordada, con una lista de actividades interminables en la columna del “tengo que hacer” y un horario limitado que no daba de sí todo lo que a mí me gustaría. Mi mente estaba atiborrada de obligaciones y pensamientos que me conducían al desastre de la distracción, de las situaciones de olvido y a la consecuente parálisis ejecutiva. Entonces…, en ese extremo cotidiano, decidí aparcar como es debido. Y lo hice.

Cuando me venía un pensamiento sobre una tarea inacabada o pendiente, susurraba en mi interior: “Esto no toca ahora, debes aparcarlo hasta el momento oportuno. No lo pienses más y concéntrate en lo que estás haciendo. Queda aparcado hasta …” y ponía una hora determinada en la jornada para retomar esa idea que estaba ahí. Dejaba el pensamiento encerrado en una sala de espera, leyendo el periódico o una revista del corazón hasta que le llegara su turno. Y funcionó.

La técnica del aparcamiento es nueva para mí. Y supongo que tendré que practicarla. Cuando llegó al fin de semana, me sentía bien. Naturalmente, no realicé todos los asuntos pendientes de esa inmensa lista pero sí aquellos que realmente eran importantes para sobrevivir. Y conseguí llegar viva a mi momento m’chayab, el de las golondrinas que observan a sus crías, en la distancia, para que extiendan sus alas sin presión y se atrevan a alzar el vuelo en el inmenso cielo azul de la primavera.

 

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