Hermoseando

Solía tomar siempre el mismo camino. La costumbre invita a diario a repetir los actos cotidianos como si formaran parte de tu paisaje de vida, por inercia. De modo que sus pies avanzaban sin órdenes determinantes ni reglas establecidas, simplemente porque sí. Como en un acto teatral, escrito con premura y sin miramientos, el guion establecía la hora y el momento. No había sorpresas.
Así que como todos los días, llegó al sendero. A pesar de la penumbra que ofrecían los árboles, gustaba de lagartijear buscando el rayo de sol que se colaba en la espesura como flujo mágico que alimentaba sus pensamientos y también su imaginación. Era esta, el sol desafiando la sombra, una buena razón para hermosear la rutina y dar color al día.

Así, saltando agujeros de luz, iba por la vida como aquel que sabe a dónde va, sin saberlo.

Hacia la mitad del sendero, siempre se detenía. Miraba hacia los lados y cuando daba cuenta de la ausencia de espías, curiosos, merodeadores o, simplemente, viandantes, empezaba su particular ritual.
Salía del sendero, dirigiéndose a uno de los viejos árboles colindantes, un antiguo roble que llamó su atención desde el primer vistazo, desde la primera mirada, la llamada.
Extendía su mano hacia el tronco, cerraba los ojos y rozaba levemente con las yemas de sus dedos la corteza del árbol centenario. Era entonces cuando percibía vibrar la vida, disfrutaba del momento y al poco se transportaba. ¡Sentía! ¡Le veía!
En otro tiempo, en otro instante, él también recorría el mismo sendero, en otro sentido, de la luz al corazón. Él también sentía atracción por el mismo árbol. Él también percibía el placer de lo sencillo. Él también se detenía en soledad, acariciaba con sus dedos la superficie de vida que ofrecía aquel árbol mágico y, por supuesto, ¡también la sentía! ¡La veía!

Y aquel instante repleto y completo, casi fugaz, hacía que el resto de su camino, fuera diferente. Camino de la luz. En dirección al corazón. Hermoseando el día a día con la esperanza del encuentro, en el tiempo.
La magia de la vida.

(Fotografía realizada por Tomás Continente Hueso)

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