Cadena de alegrías

En un mundo donde todo tiene que estar bien por obligación, donde se imponene las frases del señor maravilloso, es justo reivindicar el derecho a la tristeza, sentimiento denostado pero al tiempo necesario en no pocas ocasiones – despedida, nostalgia, olvido, compasión, ausencia o duelo, por ejemplo-.

A menudo, la razón de la lágrima puede no ser concreta, te levantas por la mañana y sientes que estás triste por un sentimiento que no resiste ni comparación ni definición. Simplemente, tienes ganas de llorar por un sinfín de razones o tal vez por ninguna. Lejos de ir en contra de esa sensación, asumirla es el mayor de los retos de la jornada, es el derecho a la lágrima, a la tristeza. Hoy no sonrío porque la sonrisa me brota de manera sincera y la verdad … no me apetece en absoluto sonreír.

De manera reciente, he vivido uno de esos días, de tendencia a la tristeza como estado permanente. Lloré de la mañana a la noche (en este caso, era consciente de la razón o razones). Sin embargo, por mi naturaleza y por la buenísima gente que me rodea, logré encontrar una cadena de pequeñas alegrías a las que me aferré con la fuerza que me quedaba. Amarrada a ellas, me dije que no se trata de dejarse llevar al hundimiento certero si viene una tormenta, sino de luchar por sobrellevarlo. Espero hacerme entender, estar triste es natural, pero tras el mal tiempo siempre sale el sol.

La cadena de alegrías es necesaria para mantener el barco a flote mientras dure el temporal.

Cada eslabón de esta cadena es un hecho sencillo que provoca en ti una leve sonrisa y que por un segundo de ese terrible día, te hace feliz. En mi reciente triste día, esta cadena comenzó con la foto de unas ovejas que alguien me envió por el simple hecho de hacerme sonreír (¡eres grande y formas parte de mí!), continuó con la noticia de un ordenador arreglado (¡mi instrumento de trabajo!), siguió con las orejas y el alma abiertas de una pareja a la que quiero muchísimo, y continuó con otros pequeños y sencillos acontecimientos que me hicieron la vida más fácil: el hallazgo de una pulsera, el apoyo incondicional de una amiga a una actividad que organizo, la posibilidad de ver un palacio por dentro….

Aunque después seguí llorando, aunque la razón o razones de la tristeza continuaron presentes, al terminar el día, volví a repasar la cadena de alegrías y comprobé que mi día … había merecido la pena.

Hoy te propongo que, estés triste o no, encuentres, aunque sea sin buscar, la cadena de alegrías a la que amarrarte si el viento sopla en contra y el aguacero es tan intenso que cala hasta tu interior, una cadena que te fije al barco de tu vida, aunque no conozcas su rumbo, aunque no sepas a donde te lleva o a donde va. ¿Lo harás?

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