Puntos de referencia

A menudo nos dibujamos utilizando puntos de referencia exteriores. Nos vamos definiendo en función de nuestros hijos, trabajo, amigos, padres, hermanos, horarios, metas, leyes, … ¡incluso el tiempo meteorológico nos determina! Nos moldeamos en cuerpo y alma adaptándonos al medio en el que nos movemos, ese líquido amniótico imprescindible para el latido del corazón, a mayor o menor ritmo en función de las circunstancias. Esta situación, a veces, nos deja vacíos, porque al derrumbarse una de esas partes que nos definen, una de las lentes a través de la que nos vemos, …, al desaparecer un punto de referencia, el círculo deja de completarse y la vida, nuestra vida, queda huérfana, terriblemente sola, algo falla. Y… estamos acostumbrados a que ¡todo sea tan perfecto!

Lo cierto es que no llegaríamos a esta situación si nos diésemos cuenta de que el círculo es infinito, que más que una circunferencia completa es una espiral que gira sin parar, que está viva, que cambia, que se transforma, y esto precisamente es lo que nos hace humanos y genéricamente especiales. Paradójico ¿verdad? Siendo una característica común es lo que nos hace únicos. Conclusión: no somos perfectos, ni lo seremos nunca.

Y sí, los demás nos determinan. Pero el vórtice de ese ciclón inmenso que es la vida se encuentra en nuestro interior más profundo. Ese lindo ser que se levanta cada mañana con la esperanza (o no) de un día mejor, pero en cualquier caso con el agradecimiento por el inmenso regalo que supone un nuevo amanecer, el milagro de existir.

Por eso, sentirse mal, incompleto, vacío, en determinadas ocasiones, a pesar de que nada parezca haber cambiado, de que todo es similar o igual, sentirse perdido forma parte de nuestra pequeña revolución diaria, no es extraña, es … ¡necesaria!

La apariencia de la rutina no debe empañar el espejo de la realidad que llevas dentro. Los sentimientos y las emociones, incluidos en el kit que te dieron en la línea de salida, son el alimento preciso en este camino, aquello que nos hace preguntarnos por qué escribo si debería estar adelantando trabajo, por qué me dirijo a ti si ni siquiera sé si me leerás, por qué necesito pulsar las teclas, leer, escuchar las olas del mar, rendirme a los que me rodean y definen aunque el círculo, el mío, el tuyo, el de los demás, no sea, definitivamente, perfecto. Sonrío (y también lloro).

 

“Hay un jilguero en mi garganta que vuela con fuerza” (Rozalén)

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