Viajando con Peter Pan

Ven a revivir la realidad, mientras se te escapa el sueño”. (La M.O.D.A.)

Ayer estuve en la gran ciudad, allí donde creció mi germen de persona, ayer viajé por sus tejados, sintiendo la magia de sobrevolar el sueño, como Wendy de la mano de Peter Pan. Y como consecuencia del vuelo, esta noche me habló Delibes en travesía onírica. Desperté encantada y sobresaltada, así que comprendí que tenía que contarlo.

Junto a otros periodistas cubría el acontecimiento de una exposición, así era mi sueño. El comisario de la muestra llegó en volandas, rodeado de mucha gente (mucho político, aprendiz o veterano, y también intelectuales, de prestigio y no tanto). Y entre toda aquella multitud se encontraba Miguel Delibes, al lado de quien yo creía su hijo. Con todo detalle, y disparo continuado de cámaras fotográficas de fondo, el comisario de la muestra empezó a extender lienzos sobre estantes y, uno por uno, comenzó a exhibir objetos y documentos que hablaban del pasado sefardí de mi isla. Todos los presentes observaban el momento con admiración y sorpresa ¿era tanto lo que nuestros antepasados judíos habían vivido en la ciudad antigua?, la descripción se refería sobre todo a la calle de la Taberna, hoy conocida con otra denominación.
Y una vez hecha la descripción que los periodistas apuntamos con fruición, la comitiva se dispersó y el espacio empezó a vaciarse. En medio de la diáspora, centró mi interés Delibes y me acerqué para solicitarle una fotografía, con mi teléfono móvil. “¡Señorita!”, me increpó, “¿piensa usted que es oportuno hacerse una fotografía cuando asistimos a tan importante momento?”. Escuché su voz con tremenda claridad, aún ahora, cuando ya estoy despierta, la sigo escuchando, y mi corazón continúa en su trote sin freno, desbocado. Con timidez, mi respuesta fue afirmativa y, animado por su hijo, el gran escritor accedió.
Lástima de no contar con testimonio gráfico de los instantes que soñamos, hoy tendría una fotografía con Delibes.

Esto mismo ocurre con los momentos que vivimos intensamente. No hay testimonio gráfico. Nada nos hace pensar que el reflejo de la luz que desprende un encuentro real y sincero no pueda pervivir en nuestro interior para siempre. No necesitamos fotografías de ese instante porque sabemos que lo recordaremos eternamente, agradecidos por la nueva pieza que la vida ha propiciado para construir una amistad o un amor ¿quién sabe?

Acostumbrados a fotografiarlo todo, se nos olvida que lo importante es vivir para así, a lo largo de nuestra trayectoria, poder revivirlo.

Siempre me quedarán las palabras del autor de “El hereje” y, en mi interior, la ilusión de haberlo conocido (¡aunque solo sea en sueños!).

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