FUERA DE CONTROL

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Nada es perfecto (¡menos mal!). Nuestra vida está llena de remiendos, pequeñas creaciones que nos hacen olvidar, que implican sustituciones más o menos provisionales, que recrean lo que pudo haber sido… y no fue. A veces ni siquiera contamos con esos diminutos arreglos y el agujero permanece al descubierto, incluso sin que nosotros nos demos cuenta. Me explico. No percibimos que por los agujeros del alma perdemos energía en tareas, personas, momentos, objetivos que realmente no conducen a nada, que no llevan a ningún sitio, que no nos retroalimentan, que no tienen ningún cometido. Estas espitas de vida pueden ser más grandes o más pequeñas, según nuestra atención, estado de ánimo o compostura. El resultado puede ser también de diferente tamaño. A veces ocurre, creemos que estamos a tope, que nuestra carga de positividad, coherencia y fuerza está a rebosar, y a la hora de la verdad hemos perdido fuelle como un globo abierto de repente.

Y, sin embargo, los agujeros también tienen un punto de vista positivo. Pueden ser túneles imprevistos en los que correr nuevas aventuras. Con ellos, existe la posibilidad de dar razón a lo inexplicable, de justificar lo indefinible, de dar respuesta a las preguntas que, a miles, se agolpan en el interior de toda persona (¡qué genial que nos preguntemos y no demos por todo por sentado!), son increíbles variaciones que arrancan la rutina de su sitio y la hacen tambalear y eso… eso es increíblemente sano. Los agujeros en la vida, las pequeñas o grandes imperfecciones, nos recuerdan que nada es seguro, que no todo está establecido y que, todo, absolutamente todo, es posible, puede ocurrir.

Que tu vida esté llena de agujeros no es malo. Es posible y necesario. Ser consciente de nuestras imperfecciones y pequeños impulsos es el recordatorio cotidiano de que lo imprevisto es posible, de que la causa-efecto no siempre se cumple.

Hay agujeros en el cielo de nubes grises que nos recuerdan que el sol todavía sigue ahí. Agujeros en los árboles que nos empujan a buscar el reino de la fantasía, siguiendo al conejo blanco. Agujeros en la tierra, en los que plantar la semilla de la planta de nuestra vida, aquella que florecerá pintando nuestro camino de alegría.

En los agujeros del tiempo, vierto mis palabras sin destino preciso. Tal vez tu alma reciba el resquicio de la luz que se escapa, la gota derramada fuera del vaso, el paso dado fuera del camino, el beso inoportuno, la mirada furtiva, lo que nunca pretendimos y, sin embargo, fue.

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