De libros, historias y ausencias

Aunque mi ritmo de lectura es tipo tortuga, suelo contar con un libro entre mis manos a cada momento. Siempre estoy leyendo algo. Los libros que deseo leer se acumulan en torre infinita al borde de mi mesilla. La palabra, ya sea vía escrita u oral, me atrae sin remedio. Y esa atracción domina y condiciona gran parte de mi vida diaria. Encajo la lectura en cualquier lugar y la disfruto como si de una vida paralela se tratase. Como apenas salgo de la isla, la lectura es un camino de escape, una puerta de acceso a épocas, lugares e historias ajenas que me envuelven y hechizan a partes iguales. Vidas paralelas que recorro y acompaño, asimilando sus caracteres y presencias como hechos propios e intensos. Es por ello, que la lectura resulta para mí un elemento imprescindible, un líquido precioso que consumo a diario.
Sin embargo, nunca antes había tenido esta sensación. Habitualmente, acabo un libro y cojo otro, abro la puerta de la sala de espera y digo: ¡El siguiente! Te tocó. Nunca antes había realizado el duelo de un libro. No se trata de llorar por su final –que lo hice-. No es que me haya recreado en sus palabras y frases más llamativas – que lo he hecho-. Es un sentimiento de pérdida ante la finitud de una historia que me había atrapado y que, desafortunadamente, terminó. Es vacío y al mismo tiempo plenitud, hueco de ausencia y a la vez dulzura y satisfacción por haber pasado unos días encantadores saboreando rincones de diversas partes del mundo, profundizando  sobre temas que hasta ahora me resultaban desconocidos, escuchando incluso la música con la que se deleitabann los personajes.

Con “El haiku de las palabras perdidas” de Andrés Pascual, me ha ocurrido algo nunca antes vivido. Al terminar de leer la última frase no he acabado el libro. Han sido necesarios tres días de duelo y este pequeño y sincero homenaje envuelto en palabras, para poder continuar con otra lectura. Con ello he aprendido que en la lectura, como en la vida, el cerrar las tapas de cualquier volumen, no detiene el torrente de sentimientos y emociones que genera un manantial de circunstancias, sean pretendidas o no. Que no todo termina cuando creemos finalizarlo. Que nosotros no decidimos dónde se encuentra el punto y final. Que, irremediablemente, hay tonos, lenguajes, gestos, versos, miradas, asuntos, recuerdos, pasos, decisiones y momentos que marcan nuestra vida y que vivirán en nuestro interior siempre, aunque no sepamos donde los hemos aprendido, visto u oído, como huella indeleble que nos hace mejores personas. Proceso selectivo que permite nuestra existencia, energía positiva que se cuela en nuestro interior y nos completa.

Veo volar la grulla de Sadako Saski, “este es nuestro grito, esta es nuestra plegaria: paz en el mundo”.

Sadako

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