La gran ausente

¿Recordáis el argumento de la película “Chocolat”? En ella Juliette Binoche interpretaba el papel de una madre de cuento que llega a un pequeño pueblo con su hija, de manera misteriosa, sin saber cómo ni por qué, y decide abrir una chocolatería. Los vecinos son reacios a entrar en el establecimiento y adquirir sus ricos y mágicos productos. Sin embargo, poco a poco, se corre la voz de que el chocolate que vende resuelve males y supera barreras. Casi de incógnito, son muchos los que se acercan a su tienda a adquirir chocolate y comprobar el efecto hechizante del manjar de dioses, pecaminoso según las normas y a la vez benefactor según los hechos. Socialmente nadie se atreve admitir el bien que genera porque es una desconocida, una extranjera, una esposa sin marido, una madre sin pareja, una mujer que decide amar a quien quiere y como quiere, a quien no le importa que el objeto de su amor sea un joven vagabundo si la hace bailar y sentir (maravilloso Johnny Deep en el papel de errante), a la que le cuesta hacerse hueco en el ambiente ancestral, tradicional y atávico donde el destino ha decidido dejarla a su suerte. Y ante la situación varias preguntas ¿Hace mal la hermosa chocolatera por vender sus productos? ¿Por qué le cuesta tanto ser aceptada? ¿Llegará a ser admitida en algún momento por su entorno social? ¿Es necesario que sea reconocida como la gran maga del chocolate que es?

El argumento de esta película puede resultar pueril, al igual que las reflexiones que me planteo al respecto, y sin embargo pienso que tiene mucho que ver con la situación que se vive en todas las sociedades del mundo. La desconfianza por lo extraño es intrínseca al ser humano. La educación y la cultura son el juego de llaves imprescindibles para abrir la puerta de nuestra mente y llegar a un campo inmenso donde cabemos todos, los propios y los foráneos. El vivir el mundo como si fuera un inmenso tablero de ajedrez, donde o somos piezas negras o somos blancas, sólo nos puede conducir al juego, a la lucha, a la autodefensa y al ataque, donde cada uno de nosotros trata de eliminar al contrario, donde cada jornada se plantea como una pequeña batalla y donde el objetivo, y esto es lo más doloroso, es ganar en una competición absurda que tiene como único fin la destrucción y el aniquilamiento.

Movida por los acontecimientos que acaparan los diarios digitales, ya sea en Oriente Medio, en Norteamérica, en nuestro propio país atrincherado y cuasi belicoso. Impulsada por mi propia realidad intrínseca, incapaz de argumentar ante altas paredes de ideas que estigmatizan y proclaman que no hay vuelta atrás. Motivada a fin de cuentas a favor de la apertura de mentes y la amplitud de espacios, me afirmo en la voluntad absoluta de seguir buscando resquicios de tolerancia, la gran ausente, pequeños instantes de luz que iluminen mi camino, estrellas que aunque lejanas me orienten en la oscuridad.

Escuchar, aprender, conocer, tolerar, convivir.

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