Miguitas de amor

Leo a Kundera hablando sobre el amor como una casualidad:

Ya en esa ocasión aquellas palabras le produjeron a Tomás una extraña melancolía. Y es que de pronto se dio cuenta de que era mera casualidad el que Teresa lo amase a él y no a su amigo Z. Se dio cuenta de que, además del amor de ella por Tomás, hecho realidad, existe en el reino de lo posible una cantidad infinita de amores no realizados por otros hombres (…) Y aquella mujer, aquella personificación de la casualidad absoluta yace ahora a su lado y respira profundamente mientras duerme” (“La insoportable levedad del ser”, Milan Kundera).

No puedo estar más que en desacuerdo. No creo en el amor como una cadena de casualidades que se tropiezan sucediéndose sin orden ni control, remontándose al origen de los tiempos. En mi opinión, existe una suerte de destino que ciertamente nos empuja con una inercia tácita, movida por una fuerza sin principio ni final, que no vemos, ni olemos, ni tocamos, pero sí sentimos.

Esta no es una visión fatalista, ni determinante de nuestra vida. Todo lo contrario. Desde mi punto de vista, el amor es elección. Eliges amar, no a quien a amar. Puedes permanecer oculto en la cueva, auspiciando las sombras de la realidad, en puro sentimiento platónico. O puedes seguir las “miguitas de amor” que te presta el destino. Tú eliges.

Y esas pequeñas porciones de amor están en todas partes. Incluso en los lugares donde el odio está sembrado profundamente y es regado a diario. Son secuelas del paso de otros seres que, como tú, buscan el sentido del camino inundando, de manera cotidiana, la realidad de pequeños detalles que hacen todo mucho más fácil. Es la sonrisa de la mujer que te dobla la edad y que continúa luchando contra el paso del tiempo y ganando la batalla a la enfermedad y a la soledad. Es el joven que lo perdió todo, que vive en extremo abandono y que, aún así, te devuelve la mirada amable si tú se la prestas en un instante de esperada esperanza. Es la extracción del pozo de la rutina del trabajador incansable con sólo una palabra oportuna y dulce. Es la cara B del disco de tu vida, que si quieres puedes escuchar o no. La última canción que no esperabas. Eras consciente de su existencia pero la despreciabas por ser la entonación final.

De modo que no. Me niego a pensar que el querer es fruto de la casualidad más que del sentimiento encontrado, de la empatía en marcha, del querer es poder, del abrir las orejas del alma y escuchar la sinfonía adecuada en el instante preciso y precioso. Vislumbro amor en el lugar más recóndito, recojo las miguitas del destino y camino a buen seguro al calor del hogar.

Y porque respiro siento y porque siento te respiro.

Sin-título-2

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