LA LIBERTAD DE SENTIR

Como ha sido un finde cinéfilo, no sé exactamente en qué película escuché esto. Una madre le dice a una hija que tiene que aprender que, con el paso del tiempo, el corazón se endurece. Me dio por pensar en el grado de dureza del corazón. Pensé que tal vez sería como el número calificativo de los minerales que estudiábamos en Ciencias Naturales. ¿La escala de Mohs? ¿Recordáis? La escala comenzaba con un 0 para el mineral más blando, el talco, y un diez para el más duro, el diamante. ¿Puede la dureza del corazón determinarse por un número? ¿A mayor grado de dureza más valor de mercado? Evidentemente la respuesta a estas preguntas es negativa. La dureza del corazón no puede determinarse por un número. Es más, en mi opinión no es estable. Es más, la afirmación cinematográfica inicial no es correcta.

A medida que pasa el tiempo nuestro corazón se endurece, sí. Pero las circunstancias tengas la edad que tengas también invitan a ablandarlo. Porque de no ser así, tendríamos a nuestro alrededor miles de personas ancianas que ni sienten ni padecen, y sin embargo esto no es cierto. Lo que nos sucede en a vida tiende a hacernos más fuertes, sin embargo esta máxima no implica la incapacidad de sentir. Es decir, la fortaleza no es incompatible con la sensibilidad. Es más, yo diría que el paso de tiempo y de los acontecimientos conllevan un mayor índice de valoración de todo lo que nos rodea, damos más importancia a un abrazo, a un beso, a una mirada, a una sonrisa, a una palabra amable, a una lágrima …. En nuestra infancia tendemos a pensar que estas expresiones de sentimiento forman parte de la naturaleza, las vemos como algo normal. A medida que vamos creciendo nos damos cuenta de que no son tan habituales como inicialmente pensábamos. Esto tiene su origen en otra sentencia que para mí es más que real: a medida que pasan los años, se incrementa nuestra capacidad para ocultar lo que pensamos o sentimos. Deteneos en el objeto “nuestra capacidad”, porque esto no significa que la utilicemos. Somos más capaces de ocultar nuestra interioridad, de fingir, de arremeter contra el impulso de ser si es necesario para conseguir, para tener. Es un paso contrario al enunciado por el título  “Del tener al ser”, el libro del filósofo suizo Erich Fromm del que nos hablaban en clase cuando empezábamos a dar nuestros primeros pasos en la vida.

Abogo, defiendo, reivindico, pido, suplico y ruego que no finjamos, que no ocultemos nuestros sentimientos y pensamientos, que les dejemos viajar libres por nuestras relaciones con los demás, fluyendo a través de las palabras y los hechos. Pues sólo de esta manera seremos nosotros mismos. Dejar latir al músculo de material sensible y que su latido se oiga fuerte en todos y cuantos nos rodean. No es una cuestión de debilidad, sino más bien de todo lo contrario. La libertad de sentir te hace grande. Sintamos.

corazon-fragil

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