Una de 60 o 90

“Sus palabras quitan las telarañas de los salones selectos.”, afirma Irazoki al hablar sobre Leonard y Bob. Son músicos eternos, artistas integrales. Que triunfan en el ámbito de la música y también en el de la literatura. Pero, sobre todo, Cohen y Dylan, forman parte de la lista musical de cualquier individuo que vaya por la calle de la corte occidental. Juglares del siglo XX entraron en nuestras vidas en distintas épocas y momentos instalándose para siempre. Dos de tantos. Porque nuestras listas de éxitos permanecen invariables en nuestro interior en una reproducción sin fin de letras y músicas, canciones que suenan y resuenan en dinámica eterna. Banda sonora personal lo llaman. Y pensando en esa música interior que a todo individuo acompaña, saltó el resorte de las cintas magnetofónicas. Y viendo la película “Las ventajas de ser un marginado”, ambientada en los 80,  recordé cuando entregábamos al ser más querido nuestra alma encerrada en una cajita de plástico.

¿Quién no ha regalado una cinta de casete como si fuera el bien más preciado del Universo? Si viviste los 80, seguramente tú lo habrás hecho. Con esfuerzo, conseguías que hubiera un doble pletina en tu casa. Pasabas la tarde entera del domingo o del sábado, escogiendo los temas más interesantes, impactantes y, sobre todo, personales entre tu colección de cintas y discos de vinilo. Luego tu album personal recibía un nombre, buscabas una carátula que le pudiera ir bien, letras bonitas y una dedicatoria impactante. Así, llegabas el lunes con la cajita de plástico donde iba tu corazón y se la entregabas a la persona que más querías en ese momento, tu amigo, tu amiga, tu novio, novia, o el chico o la chica por quien perdías la cabeza. Le regalabas tu música como el bien más preciado del mundo.

Una cinta, incluso con palabras propias grabadas de forma casera o con mensajes subliminales entre canción y canción, fragmentos sin sentido para dar que pensar. Regalé y me regalaron, las conservo en algún lugar de la casa como un bien que hay que guardar pero no desempolvar, por no mirar atrás, por miedo a convertirme en sal.
Es muy posible que lleven tiempo sin sonar. Y sin embargo la música que contenían se reproduce en mi interior cada vez que cierro los ojos y me sumerjo en el letargo del sueño.

¿Recuerdas cuál fue la primera cinta que te regalaron? ¿Quién te entregó su música a la vez que su corazón?

Y su memoria se repite una y otra vez en una canción interminable. “Ay, ay, ay, … take this waltz, take this waltz…”.

tdk_60_minutos

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