Cuaderno de palabras: bululú

La primera vez que escuché esta palabra, el término formaba parte de una dirección de correo electrónico. La segunda fue el pasado 21 de agosto, durante la ceremonia de entrega de los premios Rosa María García Cano en la Feria de Teatro de Castilla y León. El actor y director irlandés Denis Rafter utilizó la palabra bululú para hablar de los actores, de los teatreros, de las personas entregadas al teatro como método de expresión, como vía imprescindible para cambiar el mundo, como instrumento inagotable a la hora de comprender e interpretar la realidad, como legado eterno para nuestros niños y niñas, el derecho a imaginar.

Bululú era el actor que antiguamente representaba él solo, en los pueblos por donde pasaba, una comedia, loa o entremés, mudando la voz según la calidad de las personas que iba interpretando. Ahora era un gigante, después una princesa, al rato un niño. Y de este modo, hilando personajes, conseguía atraer al público y contar historias, abriendo ventanas a otros mundos en lugares remotos y escondidos entre montañas, bosques y ríos. Imagino sus vidas solitarias, preparando papeles, aprendiendo nuevos cuentos, relatando realidades en forma de animales, reyes y princesas, caballeros y espadachines, arlequines y magos. Me pongo en sus zapatos y vivo la transformación de los pueblos a su paso, el espíritu imperecedero del que hablaba Denis en su discurso, “¿Por qué queréis defender al teatro? No hace falta. Decir que tenemos que defenderlo es como decir que nos tenemos que defender a nosotros mismos comos seres humanos”.

Bululú es una palabra hermosa, casi infantil, compuesta por la repetición de dos sílabas. Su sonido ya implica interpretación y teatro. Ahora soy un búho nocturno, mañana una madre abnegada, pasado un parlanchín, dentro de un rato un viejo cargado de ilusiones por el futuro. Si lo piensas, todos tenemos algo de bululú. Cada lugar al que llegamos es como un pueblo que hay que conquistar, cada sitio donde nos manifestamos es como un papiro en el que dejamos huella, contando nuestras historias, alimentándonos de los sentimientos que nos transmite el público, buscando la aprobación de los demás en cada gesto, en cada palabra recitada, en cada diminuto movimiento que nos ayuda a interpretar la vida, a comprenderla y sobre todo a soñar.

Todos llevamos un bululú dentro. Cambiamos de rol en cada estancia, a veces con demasiada frecuencia, y por cada papel interpretado con éxito recibimos la fuerza necesaria para enfrentarnos a nuevos personajes más difíciles, con más registros, con más detalles. No se trata de una falsedad. No. En el fondo, a pesar de presentar la cara triste de la luna o la luz deslumbrante del sol, cada uno de los personajes que interpretamos nos conforman, es una parte de nosotros mismos. Realidad poliédrica como nuestra propia alma, mosaico personal con infinidad de combinaciones.

Un niño viene corriendo por el camino. Agotado, en la plaza del pueblo, todos los presentes le hacen corro mientras intenta articular palabra. “Qué ya llega… que ya llega…”, acierta a decir. “Calma, chiquillo… pero quien, ¿quién llega?”, “El… el… el bululú”. Y al instante, entra la revolución en el lugar, recorre sus calles y se mete en los hogares donde huele a puchero y a pan tierno. Otra vez, ya está aquí de nuevo, el contador, el relator de historias, el poseedor de la llave mágica de la lágrima y la sonrisa, el espíritu de los sueños, el bululú.

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