Flotar en la historia

Hace pocas semanas, tuve ocasión de leer un estupendo reportaje de Jesús Rodríguez con magníficas fotografías de Ana Nance en el EPS (El Paísu Semanal). El tema central de la pieza era El Pardo. Me gustó leer algo más sobre este pedazo de nuestra historia que permanece como el último trocito de la tarta que nadie quiere comerse, el de la vergüenza lo llaman. Supe que es un pulmón para la gran capital, que reúne extensiones de terrenos vírgenes e intactos a poca distancia del centro capitolino y que permanece aislado de lo divino y lo humano, como detenido en el tiempo. De entre las numerosas frases de la lectura que subrayé, al menos mentalmente, me quedo con el párrafo referido a la escena final de la época de ausencia de libertades que le tocó vivir a mi país. En ella, se habla de la muerte del dictador, de cómo su viuda aguantó en el lugar hasta que se vio abocada a la huida: “Caía el telón. Y el palacio se quedaba flotando en la historia. Sin que nadie supiera  muy bien qué hacer con él”.

Me encantó el sentido figurado de la expresión “flotar en la historia”. Detuve mi lectura y empecé a pensar en el sentido del tiempo, unidad de medida inventada por el hombre para que todo pase. Comencé a enumerar espacios cercanos que parecen flotar en la historia y momentos especiales que también permanecen colgados en la intrahistoria como estalactitas y estalagmitas que crecen al compás del goteo imparable de los segundos, exhibiendo formas imposibles, cada vez más bellas, cada vez más misteriosas.

A veces nos pasa. Entramos a un lugar y de repente lo encontramos intacto, como si los días no hubiesen recorrido sus ventanas y la luz se tornara sepia, añeja, vetusta. La sola visión de esos lugares, eternos, que permanecen flotando en el tiempo, nos transporta. Entonces ya no tenemos treinta, cuarenta o cincuenta años. Entonces volvemos a ser niños que acuden a comprar con las pesetas de la abuela metidas en los bolsillos y la BH azul aparcada a la puerta, compañera inseparable en los días de verano. Entonces volvemos al primer beso, ocultos en el único lugar donde siempre es primavera, dónde siempre huele a lilas, dónde el abrazo es infinito y el momento eterno. Ponemos un solo pie en esos lugares, donde nada ha cambiado, y somos niños, jóvenes, diminutos adultos que empiezan a sobrevivir.

En mi caja de lata recojo estos lugares como si cada piedra fuera un recuerdo de vida, y cada objeto un momento de mi recorrido. Y cuando llego, cuando los piso, cuando los veo, vuelvo a las risas familiares y al baño en el pilón, y al columpio de la higuera, y a esas tardes estivales donde todo era posible.

Por mucho que todo pase, por demasiado que otros digan, mis lugares, tus lugares, nuestros lugares permanecen flotando en el tiempo, como nubes que nunca desaparecen, como soles amarillos que iluminan y dan vida a nuestro irremediable devenir. Regreso a ellos y sonrío. Definitivamente me quedo con lo bueno. Memoria selectiva, empujón para vivir.

Sol partido

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