En busca de caparazones

A veces el estado de ánimo me impide tejer una manta protectora con las palabras, donde refugiarme de la realidad, cueva oculta donde sólo vislumbro las sombras. Si el tejerla no es posible, busco a otros que me indiquen el camino, que lo hagan por mí. En realidad, estos refugios necesarios siempre han estado ahí, sólo hay que levantar el muro real y ver lo que se esconde debajo. Este es el caso del comienzo de “El río que nos lleva”, combinación de sentencias que encajan perfectamente, que cumplen su misión protectora, imprescindibles cuando nada parece tener sentido.

“Todo estaba dispuesto, aunque nadie lo supiera porque la vida no avisa. A veces se divierte soplando en sus trompetas para nada; otras, en cambio, su corriente reúne a la callada ciertos seres y cosas, y deja que pase lo que tiene que pasar. Sólo mucho después se reconoce lo decisivo de cierta circunstancia, de tal gesto. Por ejemplo, aquel encuentro, aquellos pasos que habría de dar Shannon. ¿Por qué ocurrió, por qué se dieron? Es inútil cavilar: fue un capricho del río, un vuelco de la sangre. Quizá sólo la sangre sabe siempre por qué.”
(“El río que nos lleva” José Luis Sampedro)

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