Realidad en subjuntivo

Cuando estaba en la escuela y estudiaba los verbos, me enseñaron que el tiempo subjuntivo era el que correspondía a la palabra “ojalá”. Bastaba con poner esta palabra delante del verbo para que la forma verbal correcta cobrara vida en nuestros labios en una retahíla infinita, que parecía no terminar nunca. De este modo, cuando la profesora de turno nos invitaba a recitar el presente del subjuntivo, mentalmente decíamos aquello de: “(Ojalá”  yo haya) y, mágicamente, el tiempo verbal correcto brotaba de nuestro interior como materia recién descubierta, como algo que siempre estuvo ahí aunque nunca antes lo hubiéramos dicho o pronunciado.

El subjuntivo es, pues, el tiempo del ojalá, de los deseos, buenos o malos, de las situaciones que pueden ser o tal vez no, de lo preferible, de la alternativa al indicativo de nuestras verdades, realidades plenas. Quien habla en subjuntivo, rodea, plantea una posibilidad, una intención, una ambición, una situación apetecible, una esperanza.

El otro día escuché en la radio al presidente del  gobierno de mi país, la máxima representación de un estado, hablar en subjuntivo. Me quedé boquiabierta porque el tema de la intervención eran los tan traídos y llevados desahucios (Paréntesis: el tema lleva siendo actualidad desde hace mucho tiempo, una plataforma se ha encargado de llevar a cabo una intensa recogida de firmas en calles reales y virtuales, cientos de afectados no se han visto sin techo gracias a esta Plataforma, en los medios de comunicación en estos días el tema parece nuevo, al igual que las soluciones,…, sigo sin salir de mi asombro). Pues eso, escuché una intervención presidencial en subjuntivo y pensé, que no podía ser así. No creo que la persona que dirige un país, una organización, un ayuntamiento, una asociación de vecinos,… no creo que ninguna persona que dirige y coordina algo pueda hablar en subjuntivo, de deseos, de intenciones interiores.  “(Ojalá) podamos llevar a cabo medidas y lleguemos a un acuerdo”. No. Me niego. Lo ideal sería tranquilizar a la población, a tus oyentes, a la gente que coordinas y diriges ante una situación insostenible y decir: “no os preocupéis, llevaremos a cabo las medidas oportunas para que todo esto termine”. El indicativo es mucho más contundente, directo y necesario en estos casos.

Un país no puede vivir de realidades subjuntivas, de meras intenciones o situaciones deseables. Cualquier organización necesita materia palpable, cercana y real para salir adelante.

Me viene a la cabeza la famosa canción de Silvio: “Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan, para que no las puedas convertir en cristal. Ojalá que la lluvia deje de ser el milagro que baja por tu cuerpo. Ojalá que la luna pueda salir sin ti. Ojalá que la tierra no te bese los pasos”.  Canción que, pese a versiones posteriores,  Silvio dedicó a su primer amor. En una entrevista, el cantautor explicó que escribió esta canción “ porque fue un amor frustrado, tronchado por las circunstancias, por la vida, ( sin embargo) no fue una cosa que se agotara, pues se me quedó un poco como un fantasma y por eso compuse esta canción en un momento quizás de delirio, de arrebato, de sentimiento un poco desmesurado: ojalá esto, ojalá lo otro…».

Ojalá.

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