LA MEMORIA DEL ARRENDAJO

Cuenta Joaquin Araujo que el arrendajo es un pájaro que sabe contar. El pequeño animal, de pluma azulada, esconde sus pequeños tesoros. Durante el otoño, guarda  bellotas en un lugar solo por él conocido, para no perecer en invierno. Cuando las saca de su escondite, el arrendajo va contando y es capaz de saber si le queda una o tres, lo cual implica también una memoria para el dónde, cuándo  y cómo. Todo un logro para un ave de apenas treinta centímetros. ¡Y nos creemos grandes!

En mi opinión, a veces necesitaríamos la memoria de un arrendajo para saber contar, contando con memoria, con cabeza, siendo conscientes de lo que nos queda, de lo que está por llegar y valorando cada situación. En la vida todo son matemáticas. Sin embargo, creo que estas matemáticas deberían ser aplicadas, algo así como lo que corresponde en cada momento. Nuestras decisiones no deberían someterse a una tabla rígida, donde todo se hace porque lo marca un número de turno que hemos tomado como nivel ideal. El nivel, el corte, la regla algebraica que rige nuestro comportamiento debería adaptarse a las situaciones, al momento, al entorno, al lugar.

Viene esto a cuento por el tema de las cotas rurales. Afirma la gran Señora, vestida de tono oscuro y con cara sombría mientras muestra la palma de su mano: “¡Hasta aquí hemos llegado!”  Y, automáticamente, todo se acaba y en la historia de un pueblo se van quedando en el camino servicios que antes eran un derecho del ciudadano y ahora son una obligación de la gran Señora. Rigidez, lo llaman. La cota está en 15 y sólo llegas a 14, te quedaste sin escuela. El límite está en 10 y sólo registraste 9, adiós al servicio de urgencias. El coste del servicio es 50 y sólo generas 49, lo siento pero mañana no vendrán a recogerte la basura. Y así, poco a poco, la gente que vive en los pueblos se va quedando sin derechos y su calidad de vida va en descenso, casi tanto como el número de personas que deciden apostar por la dificultad de vivir del campo, donde se trabaja a diario, donde no hay días de descanso, ni vacaciones, porque a las vacas les da por comer todos los días, por ejemplo, ¡fíjate tú así es la cosa!

No entiendo las cotas. No comprendo porque los límites no se adaptan a los medios rurales, en especial en una región donde la gente vive dispersa, con una densidad de 27 habitantes por kilómetro cuadrado. Creo que la gran Señora debería saber contar con cabeza, como el arrendajo, sabiendo lo que guarda para el largo invierno, pero alimentando a todos sus hijos, sin dejar sin bellota al que vive en el nido más lejano, porque a fin de cuentas todos tienen derecho a comer. ¿O no?

Si no sabemos contar y repartir, el mundo terminará en las mismas condiciones que nos lo encontramos actualmente dividido entre los lugares “donde hay más zapatos que pies, y aquellos donde hay más pies que zapatos”, Luis Piedrahita dixit.

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2 Responses to LA MEMORIA DEL ARRENDAJO

  1. Julio says:

    Muy buen articulo, sugiero vean un paper notable: Pensamiento recursivo de Corballis

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