Disco dedicado o el arte de poner un disco

Con el cuidado que siempre ponía en aquello que era importante, una vez más, observó la estantería con detenimiento. Tenía clasificados y ordenados los ejemplares por orden alfabético. Así era más fácil buscar y, finalmente, encontrar. Aquella mañana deseaba escuchar una canción y compartir ese tema con sus oyentes. De modo que tomó el disco del estante, lo extrajo con sumo cuidado, cogió el cepillo sin púas y limpió la superficie. Cualquier mota de polvo, haría resbalar la aguja. Si la limpieza no era la adecuada, el vinilo podría rayarse. Le dio la vuelta, cara B, buscó la tercera línea gruesa. Agachada, con delicadeza, levantó la fina aguja, buscando el punto exacto: después de la segunda canción, una vez pasado el silencio, en la milésima de segundo antes de comenzar, pero sin que la música hubiera dado paso.

Había acabado el bloque de cuñas publicitarias, era su turno, abrió el micro desde su mesa de mezclas, o de alquimista como a ella le gustaba llamarla, y habló. “Quiero compartir esta canción contigo que me escuchas, recuerda que todo lo que escribo al día siguiente rompería si no fuera porque, …, porque creo en ti. Para ti”.

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