La guitarra de Brian May

Pasábamos las noches de verano en el bar del Tragaluz de Buero, donde ves caminar los pies de los viandantes sin preguntarte de quiénes son y de dónde vienen, en el subsuelo. Bebíamos algo más que zumo de cebada y nos encantaba darle vueltas a jugadores de cartón piedra mientras buscábamos con afán el gol del triunfo. Pero, sobre todo, soñábamos.

Discurrían las horas nocturnas de nuestro periodo vacacional, y muchas de las diurnas, preparando el habitual concurso de imitación. Después de varios años de infructuosos intentos aquella iba a ser nuestra mejor ocasión, tal vez el verano de nuestras vidas. Elegimos el grupo de Freddy porque su voz nos llegaba a las entrañas y la música del cuarteto de la Reina vibraba en nuestras venas cada vez que veíamos el concierto de Budapest o Wembley, pero sobre todo porque Queríamos ser Libres como ellos y porque Vivir para Siempre era un lema común para todos los que teníamos en “Los Inmortales” la película más vista de nuestras vidas.

Y así pasaban los días. Entre pinturas y vuelo de ideas en el patio de vecinos, y ensayos nocturnos en las cocheras del barrio, con público infantil que aplaudía nuestras actuaciones. Procurábamos acercarnos a los personajes reales de manera casi mimética. “Este lleva la camisa roja”, “Habrá que hacer una capa blanca”, “¿de dónde sacamos una guitarra como la de Brian May?”. Y la que dibujaba bien realizaba una plantilla que luego llevamos a la carpintería de unos concidos, que luego el que pintaba bien coloreaba buscando el tono exacto del instrumento musical de nuestro ídolo, así hasta que a la guitarra sólo le faltaba sonar. Y sonaba, porque la música imaginaria brotaba de dentro, y las notas volaban entre las estrellas y la luna. ¿A qué suena la luna?, dijo la joven concertista en una peli reciente. Nosotros teníamos la respuesta porque escuchábamos las notas en cada rincón de nuestro mundo.

Aquel verano obtuvimos un décimo y un primer puesto. Sharleen y Freddy nos dieron suerte. Nos sentimos felices y más unidos que nunca. De esta historia hace ya veinte años. Sin embargo, transcurrido el tiempo, coincidiendo de nuevo en el bar del Tragaluz, con más arrugas externas y más cicatrices en el interior, parecemos los mismos, seguimos soñando, porque somos conscientes de que el Show debe y puede continuar, Show must go on.

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