Dos monos

En aquel tiempo, el único mono que conocía acompañaba a un campeón olímpico de natación metido a actor en pelis en blanco y negro. Mi concepto de África no iba más allá de los mapas que colgaban en las blancas paredes del colegio al que puntualmente asistía. Eran tierras, para mí, lejanas. Lejos de los contrastes reales, soñaba un continente africano repleto de cocodrilos, leones y elefantes en un entorno selvático extendido por miles de kilómetros. Mi referencia de aquella paradisiaca tierra, sin embargo, era mi tío, el de Guinea. Solía presumir de tener en aquella colonia de mi país un pariente cercano que imponía la nota de exotismo necesaria en mi vida infantil, el botón que pulsaba mi imaginación a territorios infinitos. En el aula,  contaba a mis compañeros historias que desbordaban la realidad y superaban todo límite de lo creíble. Ellos escuchaban expectantes y, siempre había algún curioso que preguntaba aquello de: “Pero tu tío… ¿tu tío es negro?”. “¡Qué no zoquete! – le contestaba de golpe- el es de aquí, sólo que se fue a trabajar a Guinea… ¡en África!” Y decía el nombre de aquel país de países como si fuera la luna o el lugar más maravilloso del planeta azul.

Mi tío siempre nos traía algún regalo procedente de aquella tierra, cuando no era una fruta nunca vista era un animal jamás reconocido. Para mí, su visita era todo un acontecimiento. Una vez, por ejemplo, trajo un fruto de carne amarillenta y cubierta leñosa, de sabor dulce y jugoso. Por aquel entonces, las únicas piñas que conocía servían para alimentar el fuego en la época invernal y caían de los pinos piñoneros tan frecuentes en el centro de la península. Yo comía los piñones con fruición, eran de mi agrado. Al ver el hermoso ejemplar traído desde África, intenté buscar una piedra en pleno centro de la capital para abrir la piña y extraer los piñones. Naturalmente, la carcajada de mi tío, aún resuena en algunos rincones de la ciudad.

Otro año, lo que trajo al pueblo fueron dos monos. Para un niño, aquel fue todo un espectáculo . Los animales fueron la atracción de mis paisanos durante semanas. Cuentan que uno murió como consecuencia de una herida y el otro terminó enjaulado en el parque del Retiro, en el primigenio zoo de la capital. En mi memoria nunca desparecieron, perviven como historia que se graba en el alma y en el corazón, donde se ve la realidad con ojos primeros, con mirada de niño, blanca y deslumbrante, en el lugar donde la imaginación se enriquece y los monos saltan de la pantalla para convertirse en seres reales, al alcance de nuestras manos. Monerías.

(Para el contador de historias Felipe, para que nunca deje de contar historias reales como esta y algún día las ponga en negro sobre blanco, para deleite de todos los que escuchamos y leemos).

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