La dulzura de la espera

En ocasiones añoro la dulzura de la espera, es una sensación que casi he olvidado. Pasaba días, e incluso semanas, con la ilusión contenida y reflejada en mi mirada. Si estaba en la isla, salía a la calle cada mañana y me sentaba en el peldaño inicial de la escalera de la iglesia. La espera era conjunta, nunca estaba sola. A eso de las diez llegaba el panadero y poco después el cartero, con su “dos caballos” de color azul. Entonces la espera finalizaba y daba paso a una acción con dos sentencias posibles: “No, no hay nada para ti” o “¡Hoy tienes carta!”. Con la segunda, la dulzura de la espera daba paso a la alegría más absoluta, la emoción contenida al desbordamiento exterior de sentimientos.

Cuando vivía en la gran ciudad, escudriñaba el buzón cada día. Siempre tenía la sensación del que espera que le escriban y alberga la duda permanente, puede que sí, puede que no. A veces llegaba la carta, otras muchas veces no. Antes de subir a mi casa, me acercaba al recipiente metálico de ilusiones, guiñaba mi ojo izquierdo y con el derecho comprobaba si había misiva para mí. Me hechizaba leer mi nombre escrito en diversas caligrafías, que yo reconocía al instante.

En los primeros años, esperaba carta de mi mejor amiga, todo un verano sin verla era demasiado y sus palabras me hacían sentirla muy, muy cerca. La dulzura de la espera era evidente con otros muchos amigos que a lo largo de mi juventud me escribieron, a veces se identificaban en el remite otras muchas veces no. Una carta era una muestra de amistad, un apoyo cuando todo parecía ir mal, un susurro en el silencio que podía ser repetido una y otra vez y, por supuesto, un testimonio de amor, del primero, del último. Las cartas podían ser poemas escritos en prosa o versos sueltos en los que sabías que habían empleado mucho tiempo, gente que te quería, que te quiere, que te ama.

Guardo todos esos pedacitos de cielo escondidos en un rincón de mi alma y de mi armario. A veces salen al exterior y recuerdo momentos importantes en mi vida. El instante en que un día me escribías, me contabas tu vida, me expresabas lo que sentías, te mostrabas como eres con palabras eternas que jamás, jamás se llevará el viento.

Añoro la dulzura de la espera. Aunque a veces aún aguardo, pacientemente, tu carta.

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