EL FINAL DEL INVIERNO

Al final del invierno, gustaba de observar los nuevos pájaros que aparecían en el campo. En especial, ansiaba el día en que, como surgido de la nada, surgiera el pequeño jilguero. Aquel diminuto ser solía entrar en su vida de repente, normalmente acompañado y con instantánea rapidez. Su máscara roja, el remate final negro y, sobre todo, la tonalidad amarilla de sus alas lo delataban. La cercanía de su vuelo, casi a ras del suelo y siempre en zigzag, le recordaba el planeo rasante necesario para sobrevivir en el camino, sin rumbo conocido, sin ritmo predeterminado.

En el fondo, la aparición de aquel jilguero era mucho más que una imagen, era un indicio. El jilguero era el signo de la primavera.

 

 

“…, y tiene una notable predilección por posarse en los cardos, especialmente al comienzo de la primavera, cuando realiza en bandadas su grandes desplazamientos geográficos. Torpe en el suelo, es ágil y elegante en vuelo. Verlos por primera vez es una experiencia inolvidable. Surgen de un prado o pastizal siete u ocho, y el cielo se abre reverente. La mejor hora para verlos es el amanecer o el crepúsculo. Caléndulas y múscaros tapizan entonces los prado, y como comienza la fiesta más alta y mágica de la naturaleza, los jilgueros llevan puesta su máscara real”. (Este último párrafo final y el dibujo pertenecen al libro “El lenguaje de los pájaros” de Mario Satz, ilustrado por Armand Muntés).

Ilustracion de Armand Muntés

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