LAS ANTÍPODAS COMO OPORTUNIDAD

Dos amigos y un hermano tienen como país favorito Australia. Seguramente a vosotros también os pasa, tenéis en el fondo de vuestra alma un lugar a dónde os gustaría viajar, que os encantaría conocer, al que, incluso, no os importaría iros a vivir. Para algunos este lugar está en la otra punta del planeta, la gran isla. No sé que poder de atracción tendrá este enorme pedazo de tierra perdido (o encontrado, según se mire) entre el Indico y el Pacífico, pero para muchos es un impulso de acercamiento irremediable.

A veces, la atracción por Australia no es por gusto. El otro día, escuché en la radio a una mujer sevillana explicando su caso. Joven maestra, casada, con una niña y un marido que lleva tres años en el paro. El chico era topógrafo, montó su propia empresa y trabajaba para la administración, hasta que los organismos públicos dejaron de abonarle el dinero correspondiente y la iniciativa empresarial se fue a pique. Cansado de buscar y buscar, ha tomado una decisión, dejarlo todo (su familia, su ciudad, su país) y marcharse a las antípodas porque dicen que allí podrá ejercer su profesión.

Me lo planteo una y otra vez. Me digo a mi misma que esta solución familiar puede, en realidad, no solventar nada, sino complicarlo, aun más si cabe, todo. Pero luego pienso que si llega a este límite es porque no ha encontrado otra opción y que Australia se presenta ante él como una oportunidad. Aplaudo por tanto la elección. No se queda parado y busca recursos hasta en el fin del mundo. En un espacio global, como el que vivimos, las distancias no deben ser nunca un obstáculo.

Esta solución no es de ahora. En mi isla, vivió un hombre que en los años sesenta emigró como muchos. Pero él lo hizo más lejos que los demás, se marchó a Australia a cuidar ovejas. Y allí estuvo, ejerciendo como pastor, dando rienda suelta a un oficio que conocía bien, sin saber inglés, sin tener ni idea de la cultura a la que se enfrentaba. Sólo por enviar dinero a su familia, por sobrevivir. De su pueblo a las antípodas. Un hecho casi heroico, a mi entender.

La esperanza tiene raíz australiana. Precisamente, una empresa procedente de Australia, ofrece una lluvia de trabajos cerca de mi isla. Cientos de empleos que caen como savia nueva en una tierra seca y abandonada por aquellos que deciden dónde y cómo, por los que dirigen nuestros destinos. ¡Ojala esta lluvia sobrevenida dé buenos frutos y haga fértiles los cercanos campos!

Todo lo que cuento demuestra que siempre, siempre hay una esperanza. Aunque sea en las antípodas, en la otra punta del planeta, allí donde, como en la vida, puedes tener “cuatro estaciones en un solo día”, “four seasons in one day”.

“Todo se dio la vuelta, y voy a arriesgar mi cuello otra vez” (Crowed House. Four seasons in one day)

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