LA LAVANDERA

En la gran ciudad, donde vivía cuando era niña, los días se prolongaban durante más de veinticuatro horas, o al menos eso me parecía a mí porque la duración de la jornada se hacía interminable. Aquellos días eternos se estiraban sin remedio y por naturaleza, a causa del tiempo meteorológico. En la gran ciudad, donde me crié, las nubes bajaban a la tierra por envidia del ser humano y ocupaban todos los rincones, en una invasión repetida cada invierno. Entonces la niebla nunca se iba, la oscuridad se imponía y no veíamos el sol durante semanas. Aquello era triste, triste y húmedo. El ambiente calado se introducía en el interior de las personas y paralizaba parte de su rostro, hasta tal punto que les costaba sonreír. Cómo aparentar ser feliz con el frío que rebosaba el alma, cómo percibir la felicidad en los demás cuando la niebla se apoderaba de los huesos y era difícil entrar en calor. Y sin embargo… lo hacíamos.

A pesar de la ausencia de sol. A pesar de la niebla eterna en las calles de la gran ciudad, nosotros sonreíamos y brillábamos. Nos costaba pero lo hacíamos. A veces, sin esperarlo, el pequeño momento de alegría nos sobresaltaba en cualquier rincón. A veces, aparecía la luz cuando menos lo esperábamos y un pequeño resquicio de claridad era suficiente para darnos la energía necesaria durante todo un día. Ese diminuto punto luminoso podía ser cualquier ocurrencia o motivo, por ejemplo la aparición de un pájaro que nos recordaba que aún estábamos vivos.

En mi memoria guardo un día de niebla entre altos edificios camino de la escuela. Siempre por el mismo recorrido, siempre con idéntico frío húmedo, siempre a la misma hora y por los mismos lugares. Mi ánimo aquel día estaba tan bajo cero con la temperatura exterior, entonces apareció ella: la lavandera. Este pájaro blanco y negro habitual en los núcleos urbanos durante el invierno voló cerca de mí, se detuvo, dio unos pequeños pasos y de un salto se encaramó en una valla para arrancar el vuelo definitivo que la llevaría mucho más allá. Su movimiento despreocupado, la identificación del ave, su ausencia de frío, me recordaron  la fuerza de la naturaleza, el poder del blanco y negro que puede llegar a teñir de vivo color el paisaje más desolador. Me sentí bien, a mi rostro asomó una sonrisa que mantuve, al menos, durante toda la mañana.

Desde aquel día de mi infancia, cada vez que veo una lavandera siento que la buena suerte llega a mi vida, que todo puede cambiar. Que el paisaje ahora triste se vestirá de distintos tonos algún día. Que la luz es posible a pesar de su ausencia. Que ver al pájaro blanco y negro puede ser el instante precioso que cambie el rumbo de tu jornada y te ofrezca el impulso mágico y sencillo para arrancar el vuelo, sobre la niebla.

Deseo que en el día de hoy veas, al menos, una pequeña lavandera. Vuela.

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One Response to LA LAVANDERA

  1. Pilar says:

    Yo ya la he visto…leyendo este post
    besos

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