CUENTO DE NAVIDAD

Hace tres años escribí este cuento de Navidad y, desde entonces, me ha dado muchas alegrías. Hoy quiero compartirlo con vosotros. Feliz Navidad a todos.

EL MILAGRO DE MANUELA

 Por Rebeca Jerez Hernández

 Os contaré una historia, de esas que pasan de padres a hijos, que se cuentan en las noches de serano, al pie de la lumbre, cuando las palabras son capaces de calentar el alma. Lo que os voy a contar ocurrió hace muchos, muchos años en Ciudad Rodrigo, cuando el puente sobre el río, ese que llaman romano, todavía no estaba completo. En  aquel entonces, cuatro ojos del puente eran de piedra y el resto obra de carpintería, por lo cual cada tres menos dos la construcción estaba en ruina.

Aquel año, de 1626, el río Águeda había tenido uno de sus frecuentes ataques de furia. El Águeda montaba en cólera de vez en cuando, nadie sabía muy bien por qué, aunque no faltaba quien le echara la culpa al regidor del pueblo, a los pecados del amo o incluso a las brujas que venían a veces con los pastores desde el norte. El caso es que el Águeda lo mismo cogía agua que la soltaba y en menos que canta un gallo crecía de tal manera y con tanta fuerza que era capaz de arrasar casas y arrastrar animales, cuando no personas, a lo más hondo del abismo. Aquel año, lo que había arrastrado era la mitad del puente, por lo que el pueblo quedó dividido en dos partes incomunicadas durante meses: el arrabal del Puente y la ciudad amurallada. Nunca la pobreza y la riqueza estuvieron tan cerca y al mismo tiempo tan separadas.

En el Arrabal del Puente vivía Manuela, que por la Virgen del Rosario había cumplido doce años. Con semejante edad, ya era capaz de atender a los cochinos del amo, ayudar a su padre en el campo y cuidar de sus cinco hermanos pequeños. Aún así a Manuela le quedaba tiempo para idear historias que luego contaba a los niños. Aquella Navidad, Manuela había guardado la vejiga de un cerdo que el patrón había matado con ocasión de las fiestas. Con esta membrana y un pequeño cántaro, que le dio la tía María a cambio de que recogiera leña de encina, pudo fabricarse una zambomba. Toda su ilusión era llevar a sus hermanos a tocar el aguinaldo el día de Nochebuena. Sabía que cantando canciones aquella noche comerían longaniza a buen seguro y eso era un privilegio que sólo se podían permitir cuando el señor era generoso. Su sueño era  ir a cantar a las casas con más dinero, que estaban situadas dentro de la ciudad amurallada, tan cerca pero tan lejos.

Los días previos a la Navidad, Manuela soñaba con que llevaba a sus hermanos a un gran palacio de esos que había visto algún martes cuando subían a vender huevos a la ciudad. Casas enormes donde sus habitantes no pasaban hambre. Manuela se lamentaba porque el agua se había llevado el puente de madera y el otro lado del río era inalcanzable. Su tristeza invadía cada rincón de su alma y el frío no hacía mella en ella porque era insensible a lo que había a su alrededor. El día 23 de diciembre  antes de irse a  dormir, Manuela rezó y pidió con todas sus fuerzas un milagro: que un ángel viniera al día siguiente y les llevara al otro lado del río. Se despertó con una enorme sonrisa en su rostro, lo que había soñado parecía tan real que pensó que era cierto. Muy ilusionada, aquella mañana vistió a sus hermanos con lo poco que tenían, cogió un par de mantas para abrigarse por el camino y, por su puesto, la zambomba para acompañar a los villancicos.  Manuela imaginaba que el ángel de sus sueños les estaría esperando a la orilla del río. Cuando llegaron al lugar soñado, no podía creer lo que veían sus ojos. Realmente, se había cumplido el milagro. El río estaba “candado”, debido al frío las aguas del Águeda se habían helado y se podía caminar sobre su superficie. La capa de hielo era tan gruesa que pudieron pasar al otro lado sin ningún problema. Su ilusión se había cumplido y el milagro de la Navidad era real.

Aquella Nochebuena, Manuela y sus hermanos cantaron de casa en casa decenas de villancicos, tocaron el “pujo” que es como se dice por estas tierras. Como “no querían morcilla rancia, ni tampoco farinato…” les sacaron longaniza tan larga como su brazo. Y de este modo, volvieron a casa felices, con el estómago lleno y las cestas cargadas de viandas para sus padres que con sorpresa recibieron a sus hijos en la Noche más hermosa de todas, la noche del Milagro.

This slideshow requires JavaScript.

This entry was posted in HISTORIAS and tagged , , , , , , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s