La maestra

Llevo unos días escuchando el nuevo disco de Pedro Guerra. “El mono espabilado” ofrece un repertorio genial, cuidado y perfecto, según la costumbre del cantautor canario. Disfruto, en especial, escuchando la canción de La Maestra. Al oírla pienso en mis amigos que se dedican profesionalmente a la enseñanza. Les admiro, trabajan con material sensible – los niños, los jóvenes – y lo saben. Se desviven por encontrar nuevas fórmulas de enseñanza, por continuar su formación, se preocupan por sus alumnos y entregan sus minutos a encauzar un río desbordado lleno de fuerza que es necesario orientar y cuidar. Los amigos que tengo que son maestros cumplen con todas estas características. Soy consciente también de la existencia de maestros malos.

Los maestros malos marcan, los buenos determinan. Me quedo con estos últimos. Al maestro malo se le recuerda por un amplio anecdotario que responde a la pregunta de cómo perder el tiempo. A los buenos se les lleva en el alma y eres consciente de que sin ellos tu vida no hubiera sido lo mismo. Todos, al menos así lo creo, recordamos un maestro bueno en nuestra vida. En mi caso fue en quinto curso de la entonces llamada EGB, mi maestra me enseñó a escuchar antes de hablar, a trabajar duro si quería conseguir mis propósitos, pero sobre todo, y es por lo que recuerdo a aquella mujer, me demostró que realmente en mi interior había algo bueno y que debía potenciarlo y reforzarlo, me enseñó a creer en mí misma con sólo diez años, a valorarme. A aquella maestra le debo en gran parte el que yo me decidiera un año después a dedicarme a esto de las palabras, a bucear en un mundo desconocido donde encontrar un galeón escondido, repleto de tesoros. Por cierto, se llamaba María Eugenia y me hacía reír.

A los maestros les digo que tienen una profesión arriesgada, ellos lo saben, porque trabajan con el futuro a diario, se la juegan y nos la jugamos. El camino que tienen por delante pasa por recuperar una posición social ya que, en los tiempos que vivimos, es una profesión denostada (no tanto como la del periodista pero casi).  Creo en los maestros de vocación, en los que han nacido para enseñar, en los que no marcan sino que determinan, en los que encauzan el camino del río desbordado a base de buenas intenciones que se convierten en acciones, palabras que se materializan en pequeñas revoluciones diarias. A los maestros les pido que no olviden que trabajan con material sensible y que no pierdan la ilusión por enseñar al que no sabe, a los demás les solicito que dejen desarrollar su profesión a los que la viven una vocación difícil pero a la vez querida, como una promesa que verá  la luz algún día, cuando el proyecto humano que ahora tenemos ante nosotros sea un ser completo y formado gracias a una sociedad que le impulsó y dejó crecer.

“En la intención de ser mejores, la ignorancia es enemiga de la claridad” (Pedro Guerra)

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