Un cuento pequeño para el principio del otoño

El otoño mentiroso. Agazapado en el quicio de la puerta, esperaba el momento oportuno para ofrecer en bandeja el vuelco al corazón, en otras palabras: el susto. Nadie parecía notar su presencia. Incluso el sol sintió la posibilidad de campar a sus anchas y no dudó en aceptar la posibilidad que brindaba la estación oculta.

La falsedad del reino veraniego prolongado hizo dudar también a los árboles, que no sabían si mudar o no sus hojas a la espera del tiempo otoñal. Pero, al final, lo hicieron y la ribera del río se cubrió de un grueso manto de diversas tonalidades: ocre, amarillo, rojizo. La inercia de la naturaleza hizo el resto.

Defraudado, el otoño mentiroso se preparó para aparecer triunfal, a pesar de ser consciente de que su corto reinado era un poder transitorio a caballo entre el verano y el invierno, los zares del tiempo. Antes de salir de su escondite, aspiró hondo, tomó fuerza y entró en escena: había llegado el momento de poner fin al sol y al calor y sólo él sería capaz de cumplir lo previsto. Lejos del susto, fue recibido entre aplausos, y algún comentario nostálgico todo hay que decirlo. “En cada momento, lo suyo”, pensó y añadió, “lo que haya de ser, será”. 

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