Recordando a Truman

En ocasiones, mi isla tiene mucho de un escenario del show de Truman. Igual que en la película, todo es previsible. Voy caminando y pienso: “Al doblar la esquina me encontraré con la vecina de la calle tal o del piso cual que va o viene de trabajar.” Continuo mi camino y predigo, “ahora vendrá el señor X y me dirá buenos días”. Paso por aquella tienda donde el vendedor de siempre está abriendo la tienda de siempre y dos metros más allá vuelvo a cerrar los ojos y pienso “ahora al abrir los ojos veré al señorito S leyendo el periódico en el mismo lugar de cada mañana”. Alzo la vista y allí está. “¡Soy vidente!”, exclamo sorprendida en mi interior.

Acabo de descubrir el escenario del teatrillo vital. Por un momento rememoro la citada película. Sólo espero no descubrir en mi huida que el horizonte es de cartón piedra y el sol un inmenso foco artificial. Deseo cambiar el final de esta historia de cine. Aprovecharé  la hiperactividad de las perseidas en estas noches de Agosto.

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