EL QUE SALVA LA TIERRA

Un castillo implica dominación, simboliza fortaleza, trasmite tiempo legendario, imprime carácter histórico. Un castillo olvidado y devastado, ubicado al borde de un gran río, sigue emitiendo las mismas vibraciones de dominio, fuerza, leyenda e historia.

Las aguas del inmenso mar interior acunan con su susurro las pequeñas historias que me invento para ti. De un rey y una princesa, de un tesoro enterrado, de un héroe y un villano, de un monje desgraciado, una criada de lengua viperina y un paje deslomado. De un amor imposible, de una noche de luna llena y una pasión desmedida, encendida por la fe en los sueños, la esperanza y la ilusión.

En la tarde agosteña bulle mi imaginación, el escenario es adecuado, la brisa me acompaña, sálvese la tierra de quien dice ser su dueño, pues nadie posee lo que nunca tuvo y todos guardamos bajo llave aquello que creemos tener. Hueca cámara vacía, ¡ilusos! El sentimiento no entiende de posesión ni de fronteras y el territorio limitado en pergaminos es irreal, escrito en el aire. Es efímero aquello que creemos poseer. Quien se aferra a la propiedad echa raíces en terreno arenoso que se esfuma ante la evidencia de la inseguridad del tener frente a la firmeza de quien cultiva el ser. Lo siempre dicho: la esencia queda y todo lo demás se va.

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