LA AGONÍA MÁS HERMOSA

Que un anochecer sea noticia es ya, de por sí, algo novedoso. Al parecer dos veces al año bianualmente, el sol desaparece en Nueva York a la altura de la calle 42 estableciendo una línea recta con las vías paralelas de Manhattan. El fenómeno natural combinado con la inmensidad de los rascacielos es de gran belleza. Por esta razón, este anochecer tiene incluso un nombre: el Manhattanhenge. Hay reportajes y estudiosos que hablan sobre él. La semana pasada fue noticia en todo el mundo, se incluyó en informativos y diarios televisivos y radiofónicos. Pensé que sería algo espectacular, por eso decidí buscar videos de este anochecer por Internet. Lo pensé pero, desde mi punto de vista, me equivoqué.

Lo que más me llamó la atención fue la expectación que se crea en torno al fenómeno. La gente coge su camarita y se pone en medio de la calle, interrumpiendo el tráfico y desafiando al peligro para tomar imágenes de ese anochecer. Olvidan la esencia del final del día, verlo con tus propios ojos, sentirlo y, lo más importante, compartirlo.

Para mí, el anochecer es la agonía más hermosa. Siempre que tengo ocasión disfruto de esos últimos momentos del día. Es ahora, en verano (si realmente fuera un verano normal en cuanto a lo meteorológico) cuando se ven los finales del día más hermosos. El sol rojo en el horizonte, los bellos colores que se mezclan en sus diferentes tonalidades tiñendo el cielo de una luz indescriptible. Compartir uno de estos anocheceres con la persona o las personas que quieres es un momento de felicidad que se guarda en esa cajita interior de la que os he hablado otras veces. Por tanto, en la visión del fenómeno natural muchas veces es más importante el “con quién” que el “desde dónde”.

Mis mejores anocheceres han sido en el mar, como los de ángeles de la película “City of angels”, y también en la isla donde resido. Tengo mis preferencias sobre dónde ver finalizar el día. Guardo anocheceres que no volverán, como dice Manolo García,  pero que revivo de vez en cuanto para sentirme bien. A menudo, regalo anocheceres. Tomo de manera rápida una instantánea y la entrego a la persona de la que me he acordado al ver desaparecer el sol.

Es la forma de compartir algo grande y hacerlo aún mayor.

Hoy, al anochecer, comparte conmigo el final del día. El milagro diario trae consigo la posibilidad de sentir. Alma en plenitud.

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