El gran templo

Por motivos de trabajo y desde hace algo más de cuatro años paso un fin de semana al mes en el gran templo de la isla. El pasar tiempo en un lugar de estas dimensiones me da una perspectiva distinta de este enorme edificio, que constituye algo más que piedra y sillares. Lo cierto es que no deja indiferente a nadie. Muchos acuden a él por motivos religiosos, otros por devoción artística, los hay que buscan un momento de paz, e incluso muchos entran en la enorme casa para sentir el frescor de los gruesos y antiguos muros, sobre todo ahora que el calor aprieta. He visto las más diferentes motivaciones y las más extrañas reacciones al llegar hasta esta construcción levantada por humanos para llegar a lo más alto hace ya muchos siglos.

Una de las historias más originales que me han ocurrido aquí vino de la mano de una madre y su pequeña hija. Entraron en el gran templo y preguntaron por las losas de pizarra que cubren su suelo. “¿Hay alguien enterrado ahí abajo?” La respuesta fue afirmativa pues de todos es sabido que el suelo de los grandes templos se utilizaba antiguamente para el descanso eterno de aquellos que se podían permitir las dos cosas: el sueño sin fin y el disfrutarlo o no en un entorno parecido a este. La mujer quiso recorrer el interior sagrado sin pisar las losas, de modo que discurrió por todo el edificio siguiendo la línea blanca que separa los grandes bloques, sin pisar ni por un solo momento el oscuro suelo de pizarra. Naturalmente, la niña hizo lo mismo. Mi sorpresa fue mayúscula, de hecho no he olvidado a esa mujer que por honrar a los muertos olvidaba a los vivos, que no sintió ni por un solo instante la belleza que le rodeaba, limitándose a cumplir una norma autoimpuesta y carente de lógica, y a hacerla cumplir a su pequeño vástago, que por supuesto tampoco comprendió el verdadero sentido de aquel recorrido. En la vida real, fuera de las grandes paredes también suele pasar algo parecido a lo contado, olvidamos sumergirnos en el entorno por normas y costumbres que nos imponemos y limitan nuestro paso, nuestro caminar.

Para otros el gran templo está situado en un punto de origen de energía, apuntando al sol naciente. Al margen de creencias religiosas, me quedo con esta interpretación porque creo que aquí si algo se siente de verdad, y si realmente lo buscas, es paz.  Mi lugar favorito en su interior está al borde de una columna, recibiendo el rayo preciso del gran astro, a la hora acordada, colándose por las ventanas labradas hace ya…¡tanto tiempo! Otro de los rincones preferidos está en su parte superior, allá donde casi rozas el cielo, donde todo es posible. He compartido este último rincón con las personas a las que más quiero. Con mi familia más cercana, reí. Y nuestras sonrisas aún sobrevuelan los tejados de la isla, navegando en el velero infinito del recuerdo. Con mis mejores amigos he subido hace muy poco y aún conservo en mi interior la sensación de libertad y de ausencia de minutos. Y contigo…, contigo subiré cuando quieras. Porque la experiencia positiva compartida es doble. Lo sabes ¿Verdad?

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