Hormiguitas (2): Ricardo Darín

Tal vez sorprenda que en el apartado de Hormiguitas, donde incluyo a personas que hacen nuestro camino algo más fácil sin que se note, hable hoy de un actor. Tal vez sorprenda, pero ya se sabe que “la vida te da sorpresas” y si hay algo que definitivamente no soy es previsible.

Como medio país, conocí a Ricardo Darín (Buenos Aires, 1957) en “El hijo de la novia”. El argentino, como la propia película,  me llegó al alma por su forma de transmitir, por su manera de encarnar a un personaje que no era él y hacerlo creíble. Porque esa es la grandeza de los actores. Saben como hacer creer. Nos hacen sentir vidas ajenas. Nos identifican con problemas que realmente no existen o que ocurren pero son para nosotros lejanos. O todo lo contrario, ponen de manifiesto algo que nosotros sentimos aunque no nos atrevamos a confesarlo. Nos levantan del asiento ya sea en casa, en el cine, en un teatro, y de repente sin que nos demos cuenta levitamos al estilo de los muertos en Biutiful, otra reciente y para mí impactante película de otro latinoamericano, González Iñárritu.

Porque veréis, un día te levantas confuso. Al otro, pones el primer pie o los dos en el suelo y te sientes aturdido. Al siguiente, crees que es el mismo día que el anterior y no sabes donde estás, simplemente dejas que la inercia te lleve hasta el baño y luego hasta la cocina y después te ponga en la calle y… ¡venga! ¡a funcionar! ¡a por el mundo! Y en medio de toda esa aplastante cotidianeidad, de un cuarto de rutina y mitad de atonía, llega una buena película, una mágica representación teatral, y los actores te hacen volar.  El buen actor tiene esa virtud.

Sólo la poseen unos pocos y Ricardo Darín es uno de ellos. Después de “El hijo…” le he visto trabajar en otras pelis con mayor o menor acierto. Hasta que llegó “El secreto de sus ojos” y, definitivamente, me enganché a la mirada azul, a la entonación precisa, al gesto oportuno, al movimiento necesario, a una forma de actuar única. Película memorable donde las haya, historia redonda, actuación perfecta.

Hace un par de días, he tenido la oportunidad de ver “Un cuento chino”. La presencia de Darín es garantía de que puede elevar la película a su máxima expresión. La posibilidad existía y, como no me gusta desaprovechar oportunidades, desenvolví el regalo que me ofrecían y tomé el primer bombón de la caja con gusto, saboreando cada minuto de la producción cinematográfica como si fuera el primero. Y creo que no me equivoqué, la elección fue acertada. Un chino en argentina, la amargura de un ser autocondenado, el brillo intenso de una mujer que lo da todo y lo quiere todo, una historia que empieza con una vaca y termina con otra. ¿Qué se puede esperar de ello? Lo que encontré:  la universalidad del lenguaje de los sentimientos por encima de la palabra, la luz que se esconde donde menos lo esperas, lo increíble que es posible porque en este mundo todo puede ocurrir.

De nuevo Darín vuelve a hacer que la mañana sea más diáfana, que el paso sea más certero, que la ilusión se vuelque en el interior y derrame su vigor para hacer que el camino sea más claro y el cielo, si cabe, más azul.

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