Oh, Brother!

Tomo prestado el título de la película de los Cohen y me inclino en el día de hoy por escribir un pequeño homenaje a un objeto, por muy materialista que parezca el objetivo. Nada es lo que parece ser. En los primeros días de junio, fue noticia el cierre de la última fábrica de máquinas de escribir. En televisión, pude ver un reportaje donde varios escritores como Rosa Montero o Luis García Montero rememoraban sus inicios con el primitivo teclado ( http://www.rtve.es/alacarta/videos/telediario/cierra-ultima-fabrica-maquinas-escribir/1121857/ ). Al ver esta pieza televisiva, no pude menos. Yo también recordé mi primera máquina de escribir, una Brother pequeñita. Mi padre me la compró porque en el colegio de monjas nos hacían aprender mecanografía en el último ciclo de la EGB. Recuerdo que estuvo buscando la alternativa menos gravosa para la economía familiar ante un gasto imprevisto y no buscado. Finalmente, alguien nos puso un contacto con un particular que vendió pequeñas máquinas de esta, para nosotros, desconocida firma a varias alumnas del mismo centro y por un precio más o menos asequible. Recuerdo su olor, el asdfgf repetitivo y machacante, el peso de la máquina cada semana de mi casa al colegio del colegio a casa, mis primeras palabras impresas, la increíble sensación de ver en blanco sobre negro las ideas que salían de mi cabeza y de mi corazón.

Nada ni nadie es imprescindible. Así que la Brother fue sustituida por una Olivetti prestada cuando llegué a la Universidad. Por muy excesiva que resultara la matrícula en la facultad de Periodismo, no se incluía un aula de máquinas de escribir ni nada que se le pareciera. De modo que todos teníamos que llevar nuestro propio instrumento impresor para las clases de Redacción Periodística. Así fue durante tres años. En mi memoria guardo mi primer dossier de prensa, fue sobre América Latina, escrito en la Olivetti.

El paso del tiempo y la incorporación de las nuevas tecnologías han conseguido que el sonido peculiar de las teclas, los dedos manchados de tinta, la medida manual de los márgenes, las máquinas de escribir, en definitiva, sean sólo un recuerdo guardado en un rincón de nuestra alma. Y, sin embargo, creo que para los que aprendimos a teclear palabras con dificultad, apretando con fuerza los dedos, corrigiendo y cambiando de color con una pequeña palanca, las máquinas de escribir han sido una escuela de aprendizaje, un símbolo artesanal para todos aquellos que nos dedicamos a la palabra como materia prima. A esta hora, aún escucho, el sonido peculiar de mi pequeña máquina. Oh, Brother!

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