En la cultura damascena

En la cultura damascena, uno se convierte en Abu y Um, “padre” o “madre” seguido del nombre del primer hijo. De manera que en cuanto tienes un hijo la gente deja de llamarte por tu nombre para pasar así a denominarte Padre de Tal o Madre de Cual. Dejas de ser tú para pasar a existir en referencia a una pequeña personita que ha venido al mundo para cambiarlo todo. En Europa no llegamos a esos extremos, al menos en la forma pero creo que en el fondo sí que es verdad que cuando nace nuestro primer hijo dejamos de ser individuos y pasamos a participar de una relación interna y externa que nos transforma.

La maternidad o la paternidad ponen nuestro mundo patas arriba. Lo primero de todo debemos enfrentarnos a la difícil tarea de ser padres. Actividad que no lleva libro de instrucciones ni cursos de formación previa. Con lo cual, todo se aprende sobre la marcha, aplicando con más o menos gracia lo que hemos oído o vivido, deseando acertar a la primera o tal vez a la segunda, y creyendo que todo lo que hacemos es por el bien de las pequeñas criaturas. Y no siempre hallamos la respuesta certera a la terrible incógnita de la vivencia diaria. El efecto inmediato en nuestro interior es la sensación de que nos estamos equivocando, de una inseguridad que antes no estaba y de una limitación que anteriormente no había hecho acto de presencia. Una vez ganada la batalla de la libertad y alcanzada la supuesta madurez, resulta que lo perdemos todo por obra y gracia de un llanto repentino y una nueva obligación: criar un hijo.

Es entonces cuando tienes que reinventarte. Ya no eres tú. Eres la mamá de …. Y puedes ser una mamá segura y confiada, una madre despreocupada y a lo suyo, una progenitora hipercuidadosa y protectora,…. Te defines en base a … Los demás te conocen en referencia a…… Tu círculo de amistades y personas con las que convives a diario se mueven en la línea de colegios, médicos, parques…. Todo cambia y te cambia. A veces puedes perder el rumbo, olvidarte de ti mismo, creer que el papel de madre o de padre está por encima de ese ser que te ha costado tantos años descubrir y construir. Pero no es así.

Creo que la maternidad, como supongo la paternidad, compensa. No es que te olvides de ti mismo, es que creces como persona al enfrentarte a nuevas realidades. El tener un hijo te completa, tú das pero ellos te dan mucho más a ti. Con mis hijos he aprendido a ser más paciente (la paciencia era una virtud de la que carecía), a controlar más mis nervios, a valorar más las pequeñas parcelas de libertad que poco a poco voy ganando, a sentir cada minuto de una forma más intensa. En mi caso, ellos que son mi tesoro más preciado me ayudan a crecer cada día. No sabría explicar con palabras este sentimiento, pero seguro que muchos de vosotros sabéis de qué estoy hablando. Sí es cierto, olvidé mi nombre y ciertamente soy la Mami de … Pero esto me hace feliz y doy gracias cada día por la oportunidad que se me presta para demostrarlo.

(Para Héctor y Mateo, “mi luz, mi corazón, mi pajarita, mi crellón. Por verte fui buscando siluetas en las puertas. Mi luz mi corazón, mi tinta china, por amor, le pido al dibujante que me lleve en un cometa”).



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