SLOW DOWN

Es un tema recurrente en los libros de texto de inglés. Ahora, salta a los periódicos, con motivo de las medidas de ahorro energético. En todos los medios se habla de ello. Hay coloquios y debates sobre la cuestión. “¿Reducir la velocidad? ¿A quien le beneficia?”, se pregunta un tertuliano, mientras habla sin parar sobre la nueva limitación en las autovías. De 120 kilómetros hora se pasa a 110, lo que supone que tardaremos más tiempo en transportarnos de un lugar a otro. Tiempo a cambio de ahorro energético. Las horas y los minutos son un bien escaso, de modo que se traducen también en dinero, como todo. En nuestros días, cada objeto, cada palabra, cada pensamiento, cada acción tiene su equivalencia económica. Tanto tienes tanto vales. Tanto produces tanto vales. Tanto piensas menos vales.

Al margen de si será mejor o peor esta medida gubernamental, algo en lo que ni entro ni salgo. Me gustaría hablar de la reducción de velocidad en otro sentido, el de los libros didácticos de la asignatura de inglés. ¿A qué velocidad va nuestra vida? ¿Vivir rápido depende del lugar donde residamos? Creo que el hecho de vivir deprisa viene dado por tu circunstancia y no por la ubicación de tu casa. Alguien puede pensar que un pueblo es un lugar tranquilo para vivir. Sin embargo, conozco a personas del mundo rural que se levantan a las cinco de la mañana para dar de comer al ganado, van y vienen durante todo el día y su jornada es realmente estresante. El contexto urbano también puede llegar a serlo e, independientemente, de tu estilo de de vida, el tráfico, el ruido, …, todo puede llegar a hacerte vivir bajo presión. Entonces… ¿de qué depende nuestra velocidad cotidiana? ¿Vamos demasiado rápido? ¿No vamos tan deprisa como nos gustaría?

En mi opinión, la velocidad adecuada se encuentra en el equilibrio entre las circunstancias que nos toca vivir y la serenidad que debemos buscar en todo lo que hagamos. No se trata de asumir la lentitud como costumbre sino de adecuar nuestra energía a la jornada diaria. Hago aquello que puedo hacer dentro de la medida de mis posibilidades y no más de lo que mi cuerpo y mi mente me permiten. La velocidad individual no es uniforme. Cada persona tiene la suya. Disfruto levantándome pronto y llenando mis horas, pero hay veces en las que necesito “perder” unos segundos mirando el sol, yendo más despacio, reflexionando. Este equilibrio es una dificultad añadida en nuestra trayectoria vital y su búsqueda puede llevar toda una vida. Sólo pensando que nuestro tiempo no es mero objeto de consumo, que se trata de un precioso regalo,  es posible encontrar el equilibrio.

Difícil planteamiento para una semana diferente tras la cual, probablemente, nada volverá a ser lo mismo.

 

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